D. Alonso que la vio venir con tal presteza, por hurtar el cuerpo al furioso golpe, revolvió su caballo con ligereza; pero no tan a tiempo, que no llegase primero la lanza, y entrándole por la una ijada del caballo, le salió a la otra más de media vara.

El caballo sintiéndose mal herido con la lanza atravesada, empezó a dar bufidos, brincos y corcovos, que no era bastante la dureza del freno para que se sujetase y estuviese sosegado; y visto que no aprovechaba su diligencia, y que por su desgracia se le podía seguir algún daño irreparable, determinó de arrojarse en el suelo, aunque se ponía en mucho peligro, por estar su competidor a caballo; y confiando en Dios nuestro Señor, se arrojó de la silla quedándose en pie con su espada en la mano aguardando a su enemigo.

Grande contento y alegría sintió el bando de los Zegríes y Gomeles en ver el estrecho en que había puesto su pariente al caballero extranjero, y en verle a pie le consideraban ya vencido; y como vio Mahandón a su contrario a pie, recibió mucho contento; y yéndose a él le dijo:

—Ahora me pagaréis la muerte de mi hermano; pues me evitasteis de darla a quien se la dio a él.

Y arremetió con el caballo para atropellarle, y el alfanje en la mano para herirle.

D. Alonso de Aguilar era muy ligero, y se estuvo quedo, como que le quería aguardar; mas al tiempo que llegó dio un salto, y se apartó, y Mahandón pasó de largo sin hacer efecto; y revolviendo otras tres veces, tampoco hizo nada.

D. Alonso le dijo:

—Desciende de aquese caballo, si no quieres que te le mate, y te podrá suceder peor.

Al moro le pareció buen consejo, y así se apeó; y embrazando su adarga vino a D. Alonso, diciendo:

—Por ventura me disteis el consejo por vuestro mal.