El bravo moro se puso en pie con muy grande presteza, y echando mano a su alfanje se vino derecho a desjarretar el caballo de D. Juan para que le derribase, y él tuviese lugar de herir a su salvo a D. Juan; y aunque pudiera el noble cristiano alancear al moro, por tenerle tanta ventaja de estar a caballo y tener enristrada la lanza, no quiso dar nota de sí, que se pudiera decir que peleaba con tantas ventajas; y así no le esperó a caballo, sino saltó de él con grande ligereza, y desechando la lanza, puso mano a su espada; y embrazando el escudo se estuvo afirmado, aguardando a su enemigo, el cual llegó, y entre los dos valerosos guerreros comenzaron de nuevo una batalla tan reñida, que causaba grima ver las centellas que saltaban de los escudos; de la cual refriega sacó el moro dos pequeñas heridas; y apartándose un poco para cobrar aliento, volvió a embestir.

D. Juan Chacón como se vio acometer de aquella suerte, confiado en su fuerza, y viendo tan cerca al moro, le tiró un golpe de revés, que le cortó el adarga y le hirió mortalmente en el hombro; y por muy poco cayera, porque le quitó el sentido: lo cual visto por el valiente D. Juan, arremetió a él, y le dio un encuentro con el escudo, que desapoderado de sus fuerzas cayó en tierra el moro; y luego le dio una cuchillada que le dividió una pierna de su lugar; y viendo que había alcanzado victoria de su enemigo, alzó los ojos al cielo, y dio gracias a nuestro Señor Jesucristo; y tomando un trozo de lanza, se afirmó a él, porque le daba gran dolor la herida del muslo; y arrimándose a una parte del palenque, se puso a mirar la batalla.

Luego tocaron los músicos instrumentos de la reina, en reconocimiento del vencido moro, lo cual puso grande ánimo a los tres cristianos, y cobardía a los moros, y perdieron la esperanza de la victoria con tan mal presagio; y más cuando vieron dar en una ventana muy grandes gritos y hacer tristes llantos, y quien los daba era la mujer y hermanas de Mahandín viendo que con angustias mortales se revolcaba en su sangre.

Los Zegríes mandaron que se quitasen de allí aquellas mujeres, porque no fuesen sus llantos causa de desmayo en los tres mantenedores del testimonio.

Los seis caballeros se combatían con tanta ferocidad, que parecía que en aquel instante empezaba la batalla, haciendo tanto ruido y estrépito, que parecía que peleaban cincuenta caballeros.

D. Juan Chacón sentía mucho dolor de sus heridas, en particular del muslo, como ya se había enfriado; y subiendo en su caballo se puso a considerar si iría a ayudar a sus compañeros, o a curarse, y no se determinó a ninguna de las dos cosas por no ser notado; y así acordó de esperar el fin de la batalla, porque bien sabía que no duraría mucho, por dos razones; la una por la satisfacción que tenía en el valor y fortaleza de sus compañeros; la otra, porque peleaban con justicia y razón, y defendían la verdad; y así de necesidad los había de favorecer la fortuna.

Peleando, pues, los caballeros con un ánimo admirable, el enojado Mahandón, como vio a su querido hermano Mahandín tendido en el suelo, lleno de sangre, y hecho pedazos, con el dolor tan grande que sentía, dijo a D. Alonso de Aguilar.

—Permitid, señor caballero, que vaya a tomar venganza de aquel que ha muerto a mi amado hermano, y luego concluiremos vos y yo nuestra batalla.

—No trabajes en vano, dijo D. Alonso; fenece conmigo la batalla, pues tu hermano, como buen caballero, hizo lo que pudo; y no dudes de verte en el mismo estado que tu hermano está, porque la sangre de los nobles Abencerrajes vertida sin culpa, y la inocencia de la reina están pidiendo justa venganza contra los que quedáis.

Y diciendo esto le acometió con furia, y le hirió con la lanza en el costado, aunque no fue grande la llaga. Lo cual visto por el moro, revolvió contra D. Alonso, y colérico le arrojó la lanza.