Y diciendo esto D. Diego Fernández de Córdoba, terció con presteza su lanza, y con el encuentro de ella le dio al Zegrí tan terrible golpe en los pechos, que sintió bien la fuerza de su brazo, y quedó lastimado; y si fuera el golpe con el hierro, no hay duda sino que de él muriera.
El Zegrí afrentado por ver que estaba desmentido y ofendido con el golpe, revolvió su caballo, y fue a herir al alcaide, el cual como hombre experimentado en la guerra y en escaramuzas, se retiró a un lado, y revolviendo sobre el moro que a él venía, comenzaron una trabada escaramuza.
Y visto esto, los trompeteros tocaron los instrumentos, haciendo señal de batalla, a la cual se movieron los demás caballeros, los unos contra los otros con gran furia.
A D. Manuel le cayó en suerte Alí Hamete, a D. Alonso, Mahandón; y a D. Juan Chacón le tocó el fuerte Mahandín.
Reconociendo cada uno su contrario, comenzaron una muy sangrienta batalla, mostrando cada uno su gran valor.
Los moros eran muy valientes; pero poco les aprovechaba su valor, porque lidiaban con lo mejor de Castilla; y así andando escaramuceando con admirable braveza, y dándose lanzadas por las partes que podían, D. Juan Chacón fue herido en un muslo, de donde le salía abundancia de sangre; el cual como se sintió herido en los primeros encuentros, y que su contrario salió libre sin que llevase otra herida en recompensa, encendido en cólera y saña furibunda aguardó a que volviese a segundarle otro golpe, que entonces le embestiría con toda su furia, y sucedió de la misma manera que lo imaginó, porque el moro muy ufano y gozoso, como sintió que le había herido, volvió al cebo para tornar a picar en él, diciendo con grande algazara:
—Ahora sabréis, turcos, si hay moros granadinos que puedan pelear y resistir a todos los caballeros del mundo.
Y diciendo esto se venía a D. Juan, el cual estaba sobre el aviso; y viéndole venir derecho y con tanta fuerza, apretó las piernas al caballo, y con valor y furia extraña embistió al esforzado moro, y se encontraron los dos caballeros tan fuertemente, que parecía haberse juntado dos montes, según la braveza y furia con que se acometieron.
El caballo de D. Juan Chacón era más fuerte y furioso que el del contrario; y así se paró después de haberle encontrado, y el del moro no se pudo tener, y se cayó de ancas.
El moro fue herido muy malamente del bote de la lanza que le dio el valiente D. Juan; mas no tan a su salvo, que no quedase con una pequeña herida, y que si entrara más el hierro, tuviera mucho peligro, por ser en el hueco del costado; pero no fue casi nada, porque no encarnó el agudo hierro.