D. Manuel le iba contra todas sus malicias, porque ya le conocía el modo de pelear; y así como vio que D. Juan y D. Alonso habían ya vencido a sus contrarios, y el alcaide de los Donceles andaba con el suyo muy revuelto y en punto de traerle a aquel extremo, cobró grande ira porque no concluía con su enemigo, y llegándose cerca de él le dio un golpe tan terrible en la cabeza, que, aunque acudió a repararle con la adarga, no soportó el todo sino alguna parte, y así fue rota con el fino casco, y herido en la cabeza muy mal, y aun le quitó el sentido y dio de manos en tierra sin poderse valer; mas volviendo en sí, temiéndose de su contrario, y de que no fuese causa aquella flaqueza para que su competidor se gloriase de conseguir la victoria, sacando fuerzas de pusilanimidad se levantó, procurando la venganza de la ofensa recibida, y levantando su cimitarra dio un desatinado y fuerte golpe en un hombro de D. Manuel y no hizo herida; pero la vida le costó el golpe al moro, porque D. Manuel le dio otra junto a la que tenía en la cabeza, que desatinado cayó en tierra derramando mucha sangre, y luego murió.

Los añafiles de parte de la reina tocaron con mucha alegría por el buen suceso.

D. Manuel subió en su caballo, y se fue adonde estaban D. Alonso y D. Juan, los cuales le recibieron muy alegremente diciendo:

—Gloria a Dios, que os ha escapado de las manos de aquel pagano.

Quien en esta ocasión mirara a la hermosa reina Sultana, conociera muy claramente en su bello rostro la grande alegría que en su corazón tenía, viendo que se iban aniquilando sus enemigos, de lo cual a ella se le había de seguir su libertad, y díjoles a Celima y a Esperanza de Hita:

—Sabéis lo que veo, que si D. Juan Chacón tiene fama de valiente caballero y lo es, que sus tres compañeros no lo son menos que él, pues con tan sobrado valor han vencido a los mejores y más valientes caballeros del reino de Granada.

Esperanza la respondió:

—¿No dije a vuestra alteza que D. Juan tenía muy principales amigos? Mirad si ha salido verdad lo que dije.

—Dejemos estar eso —dijo Celima—, no lo entiendan los jueces, y veamos el fin del caballero que queda, que yo entiendo que no tendrá menos poder que los tres vencedores.

Y mirando la batalla vieron cómo andaba muy revuelto y encendido en la pelea, y aunque herido y cansado, no se vio en él punto de cobardía ni aun imaginación.