El valeroso moro proseguía la batalla con grande dolor y rabia, viendo muerto a su primo hermano y a los dos Gomeles, y él puesto en el mismo peligro, y así peleaba como hombre desesperado, considerando la infamia en que había incurrido, y mayor por no haber salido con su intento; y con la furia de un loco frenético daba tajos y reveses a diestro y a siniestro, y fuera de orden por si acertara a darle alguna herida penetrante, de la cual muriera el contrario; porque ya que él fuera vencido, como los otros tres de su parte, no quedaran tan triunfantes matando a alguno de ellos; y aunque peleaba con tan grande furia y braveza, no era menos la del valiente alcaide de los Donceles, porque estaba muy airado con su enemigo; y aun porque todos sus compañeros habían alcanzado el lauro y gloria del vencimiento, y estaban ya descansando, le parecía que empezaba de nuevo la batalla, siendo su enemigo de muy grandes fuerzas y astucias para pelear; y considerando que le miraban y que le debían de juzgar por menos que sus compañeros, pues no daba fin a la batalla, poniendo los ojos ensañados en su contrario, apretó con toda fuerza las espuelas al caballo, arremetió al Zegrí, y lo mismo hizo él; y así se embistieron con ánimo y furia increíble; y fue tan recio el encuentro de los caballeros, que sin remedio hubieron de venir al suelo los dos sin poderse herir el uno al otro; pero apenas fueron en tierra cuando estuvieron en pie, y se acercaron hiriéndose cruelmente, y experimentando cada uno las fuerzas del contrario, porque eran furiosos y desatentados los golpes que se daban, mostrando cada uno la fortaleza de su brazo y el ánimo del corazón.
Verdad es que el moro andaba más orgulloso y ligero, y las heridas que daba casi no ofendían, por tener muy buenas armas el valiente alcaide; pero el golpe que el valeroso alcaide alcanzaba, rompía, cortaba y destrozaba tan fuertemente con la fortaleza de su brazo, que no daba golpe con la espada que no hiciese herida grande o pequeña.
Lo cual visto por el valiente Zegrí, con una rabia crecida, confiando en sus grandes fuerzas, arremetió al alcaide por venir con él a los brazos, el cual se alegró mucho, y así abrazados comenzaron a luchar dando muchas vueltas, y haciendo cada uno lo que podía por derribar a su contrario; pero cada cual echaba de ver el resto de sus fuerzas, y así ambos trabajaban muy en balde, porque no había robles tan firmes como ellos.
El Zegrí era de muy gran cuerpo y fuerzas, que parecía un jayán, y procuraba levantar de tierra a su enemigo para dar de golpe con él en el suelo, y por muchas veces que lo intentó, ninguna salió con su pretensión, porque parecía que tenía echadas raíces, y que era ponerse a arrancar un nogal de cuajo; de suerte que por mucha diligencia que hacía el Zegrí, era molerse en vano.
Reconocido por el alcaide el mal pensamiento de su contrario, echó mano a un puñal buido, y diole tres golpes por debajo del brazo izquierdo, y tales, que el moro dio grandes gritos sintiéndose mal herido de muerte, y sacando una daga le dio al alcaide otras tres heridas; mas como era ancha la daga no pudo falsear las armas mucho, y así fueron pequeñas.
El valeroso alcaide le dio otra muy mala herida en la ijada izquierda, con la cual se acabó de rematar la sangrienta batalla, porque así como le dio la última, sin poderse menear cayó en el suelo desangrándose por las penetrantes heridas; y al tiempo que el alcaide vio en tierra al contrario, fue de presto y le puso una rodilla en los pechos, y enarbolando el invicto brazo le dijo:
—Date por vencido, y confiesa la verdad luego, y así no te acabaré de matar.
El malvado Zegrí viéndose tan mal herido y a voluntad de su competidor, le respondió diciendo:
—Ya no es menester darme más heridas que las que tengo, porque esta postrera bastaba para echar del mundo a un tan gran traidor alevoso como yo; y pues me pedís, vencedor caballero, que declare la verdad, yo la diré: Sabrás que habiendo muerto algunos de mi linaje los del bando Abencerraje, y a otros afrentado, y que tanto valían con los reyes que no nos podíamos vengar de ellos, ordené yo mismo que fuesen perseguidos todos los caballeros Abencerrajes, y por mi traición fueron muertos sin culpa; y la reina no debe cosa ninguna de lo que yo la levanté acerca del adulterio de que fue acusada: esta es la verdad; llegado he a punto de decirla, y no hay otra cosa sino lo que he dicho: de todo lo cual estoy muy arrepentido, por haber visto las desgracias y muertes que en este tiempo han sucedido, y por la afrenta grande en que se ha visto la reina no siendo culpada en ninguna cosa.
Todo lo que el traidor Zegrí decía estaban oyéndolo muchos caballeros, así del bando de la reina, como de los Zegríes; y para más justificar la causa de la reina llamaron a los jueces para que oyesen todo lo que el Zegrí decía.