Luego llegó el valeroso Muza, y los dos jueces que estaban en el cadalso bajaron, y entrando en el palenque tornó a referir el Zegrí lo dicho, y luego expiró.

Al momento tocaron con grande alegría muchas chirimías y dulzainas con otros instrumentos músicos por victoria tan importante, que habían conseguido aquellos caballeros extranjeros de los naturales traidores; y cómo por ella se había sabido la verdad, y le era vuelta y restituida su honra a la casta e inocente reina.

A una parte se oían las músicas y grande alegría, y a otra lloros, tristeza y gritos que daban las mujeres y deudos de los Zegríes muertos.

Los caballeros vencedores fueron sacados del campo con muy grande honra, hecha por la mayor parte de los caballeros que eran del bando de la reina.

Y de esta suerte los victoriosos caballeros llegaron a la reina que ya estaba dentro de la litera en que había venido, y la preguntaron si había otra cosa que hacer en aquel caso, o en otro cualquiera que fuese de su gusto o de necesidad.

La reina dijo que para la satisfacción entera de su honra bastaba lo que habían hecho, y que recibiría mucho contento en que se quisiesen ir con ella para ser curados de sus heridas.

Los caballeros aceptaron el ruego de la reina, y así salieron de la plaza llevando la música de añafiles delante, con mucho contento y alegría.

Todo lo cual era al contrario en los mal intencionados Zegríes y Gomeles, porque con tristes llantos sacaron del palenque los destrozados cuerpos de sus parientes, y estuvieron determinados de romper con su contrario bando, y procurar dar muerte a los extranjeros vencedores; y no se determinaron, por entonces, porque de allí adelante hubo entre ellos bandos y pasiones mayores que hasta entonces habían tenido, como adelante lo diremos.

Los caballeros cristianos llegaron a la posada de la reina, y todos los demás caballeros; y los vencedores fueron curados con gran diligencia de cirujanos, y ellos pusieron sus armas junto a sí, por si algo sucediera.

Y aquella noche después de haber cenado, la reina, Celima y Esperanza fueron a visitar a los cuatro caballeros cristianos; y después de haber hablado de los trabajos en que se había visto aquella ciudad, y de la muerte injusta de los Abencerrajes, la reina se llegó un poco más al lecho de D. Juan Chacón, y sentándose le dijo: