—El alto y poderoso Jesucristo, y su bendita Madre que le parió sin dolor, quedando Virgen por divino misterio, os den salud entera y vida larga, y os paguen la buena obra, que a esta triste y desconsolada reina habéis hecho habiéndome librado de una muerte tan infame y afrentosa; mas fue la voluntad de Dios de librarme, y que vos fueseis el instrumento de mi libertad; y así os quedo obligada mientras la vida me durare, la cual gastaré en vuestro servicio. Deseo ya verme cristiana para servir a Dios y a su Santísima Madre y a vos, y creedme que la mayor parte de los caballeros de esta ciudad están deseosos de verse ya cristianos, y no aguardan sino que el rey D. Fernando comience la guerra, y está así concertado desde que se fueron los caballeros Abencerrajes; por tanto así como lleguéis, dad orden a vuestro rey para que ponga en ejecución la guerra contra este reino, y os ruego que me digáis quién son esos tres caballeros a quien soy obligada, porque sepa a quién he de servir.

—Excelente señora —dijo D. Juan—, los caballeros que a mí me han hecho merced y a vos servido, son D. Alonso de Aguilar, el gran D. Manuel Ponce de León, y el otro D. Diego Fernández de Córdoba, caballeros de grande estima, que ya tendréis noticia de ellos.

—Sí tengo —respondió la reina—, que muchas veces han entrado en la Vega, y han hecho cabalgadas de ganados y buenas presas, y son conocidos por sus hechos y nombres, aunque ahora no han sido conocidos por el disimulo del traje turquesco, y ha sido buen pensamiento; y pues son de tan gran valor, será justo que les hable y dé las gracias del bien que por su causa me ha redundado.

Diciendo esto la reina Sultana fue donde estaban los tres caballeros, y a todos, y a cada uno de por sí les dio muchas gracias por el favor que le tenían hecho, y que confiaba en Dios que algún día les serviría en algo.

El alcaide de los Donceles respondió en nombre de todos:

—Vuestra alteza le dé esas gracias y mercedes al señor D. Juan, que nosotros poco es lo que hemos hecho, según lo mucho que os deseamos y debemos servir.

—Muchas mercedes, señores caballeros, por el nuevo ofrecimiento, que es para más obligarme a serviros, y reagravar la deuda tan grande que os tengo. Dios os pague lo que habéis hecho por mí, y dé vida para que pueda pagar alguna cosa de lo mucho que os debo; y porque parece que es hora de reposar y descansar, yo me quiero ir a recoger para dar orden a lo que conviene para vuestro regalo.

Con aquesto se fue la reina, y habló con su tío Moraicel, y le dijo que estaba recelosa de que viniesen a tomar venganza los Zegríes y Gomeles en los cuatro caballeros, por la muerte de los cuatro traidores; que pusiesen algún remedio.

Y pareciéndole buen consejo, fue a dar parte de ello a Muza, el cual puso cien caballeros de guarda en la casa, los cuales estuvieron toda la noche con gran cuidado.

Fue muy acertado el parecer de la reina, porque los Zegríes y Gomeles tenían concertado de cercar la casa, y dar muerte violenta a los caballeros vencedores; y como vieron tanta guarda, y conociendo que no podrían salir con su intento, desistieron de su propósito; y más cuando supieron que el valeroso Muza había puesto aquellos caballeros, lo sintieron de manera que se les comía el corazón de envidia, por ver con las veras que acudía Muza a los cuidados de la reina, y no se atrevieron a irle a la mano porque le temían.