campo con aquel pagano.

Como dice el romance, el rey y la reina y todos los del real se maravillaron de aquel gran hecho de Garcilaso, y el rey le mandó poner en sus armas las letras del AVE MARÍA; con justa razón, por habérsela quitado al moro de tan indecente parte, y por ello haberle cortado la cabeza.

Desde entonces en adelante los moros de Granada salían a tener escaramuzas con los cristianos en la Vega, en las cuales los cristianos llevaban lo mejor siempre.

Los valerosos Abencerrajes cristianos suplicaron al rey que les diese licencia para hacer un desafío con los Zegríes.

El rey conociendo su bondad y valor se la otorgó, dándoles por caudillo al valeroso caballero D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles. Hecho el desafío, los moros Zegríes salieron fuera de la ciudad.

El desafío se hizo de cincuenta a cincuenta; y no muy lejos vinieron los Zegríes muy bien aderezados, todos vestidos de su acostumbrada librea pajiza y morada, plumas de lo mismo.

Los bravos Abencerrajes salieron con su acostumbrada librea azul y blanca, todos llenos de ricos tejidos de plata, las plumas de la misma color; en sus adargas su acostumbrada divisa, salvajes que desquijaraban leones, y otros un mundo que le deshacía un salvaje con un bastón.

De esta forma salió también el valeroso alcaide de los Donceles, y llegándose los unos a los otros, uno de los caballeros Abencerrajes les dijo a los Zegríes:

—Hoy ha de ser el día, caballeros, en que nuestros prolijos bandos han de tener fin, y pagarnos la deuda que nos debéis, causa de vuestra malicia y envidia.

A lo cual replicaron los Zegríes, que no se gastase el tiempo en palabras, sino en obras. Diciendo esto se comenzó entre todos una brava y sangrienta escaramuza, la cual se holgaba el rey de ver, y todos los demás del real.