Duró esta escaramuza cuatro horas buenas, en la cual hizo el valeroso alcaide de los Donceles cosas maravillosas, tanto que fue parte su bondad para que los Zegríes fuesen desbaratados y muchos muertos, y los demás puestos en huida. Los Abencerrajes los fueron siguiendo hasta meterlos por las puertas de Granada.
Aquesta escaramuza puso a los Zegríes en grande quebranto, y al mismo rey de Granada, que lo sintió mucho y de allí adelante se tuvo por perdido.
Otro día siguiente la reina Doña Isabel tuvo gana de ver el sitio de Granada, y sus murallas y torres; y así acompañada del rey y de los Grandes, y gente de guerra, se fue a un lugar, llamado la Zubia, que está a una legua de Granada, y de allí se puso a mirar la hermosura y amenidad de la ciudad.
Miraba las torres y las fuerzas del Alhambra; miraba los labrados y costosos olivares; miraba las Torres-Bermejas, la brava y soberbia Alcázar y Albaicín, con todas las demás torres, castillos y murallas. Holgábase mucho de verlo todo la cristianísima reina, y deseaba verse dentro, y tenerla ya por suya.
Mandó la reina que aquel día no hubiese escaramuza, mas no se pudo excusar, porque sabiendo que estaba allí la reina, quisieron darla pesadumbre; y así salieron de Granada más de mil moros, y trabaron escaramuza con los cristianos, la cual se comenzó poco a poco, y se acabó muy de veras y a gran priesa, porque los cristianos les acometieron con tanta fortaleza, que los moros huyeron, y los cristianos siguieron el alcance hasta las puertas de Granada, y mataron más de cuatrocientos de ellos, y cautivaron más de cincuenta.
En esta escaramuza se señaló grandemente el alcaide de los Donceles, y Portocarrero, señor de Palma.
Este día mataron a casi todos los Zegríes: también esta pérdida sintió el rey de Granada, porque fue mucha.
La reina se volvió al real con toda su gente, muy contenta de haber visto a Granada y su asiento.
En este tiempo unos leñadores moros se hallaron las cuatro marlotas y los cuatro escudos de los turcos que hicieron la batalla por la reina Sultana; y como entraron en Granada con ellas, y conocieron las marlotas y escudos por sus divisas, se las tomaron a los leñadores, preguntándoles dónde habían habido aquellas ropas y escudos. Los leñadores dijeron que ellos las habían hallado en lo más espeso del Soto de Roma. Gazul, sospechando mal, les volvió a preguntar si habían hallado a algunos caballeros muertos. Los leñadores respondieron que no.
Gazul mandó llevar las marlotas y escudos a casa de la reina Sultana, y fue él también allá, y mostrando las marlotas a la reina, dijo: