—Señora, ¿no son estas las propias marlotas de los caballeros que os libraron de la muerte?

La reina Sultana las miró bien, y luego las conoció, y dijo que ellas eran.

—Pues, ¿qué es la causa —dijo Gazul— que unos leñadores se las hayan hallado?

—No sé qué pueda ser —dijo la reina.

Luego sospecharon que los Zegríes y Gomeles los habían muerto, y que no podía ser otra cosa.

Gazul contó lo que pasaba a los Alabeces y Venegas, Aldoradines y Almoradís, los cuales por aquel respecto trataron mal de palabras a los Zegríes que quedaban, y a los Gomeles y Mazas: estos, como estaban libres de aquello que se les imputaba, defendían su partido, y sobre ello se revolvió entre dichos linajes de caballeros una pendencia, por cuya causa casi se perdiera Granada; que harto tuvo el rey y los alfaquíes que apaciguar, y decían los alfaquíes:

—¿Qué hacéis, caballeros de Granada? ¿Por qué volvéis las armas contra vosotros mismos, estando vuestros enemigos a las puertas de la ciudad? Mirad que lo que ellos habían de hacer, hacéis vosotros. Mirad que nos perdemos, y no es tiempo de andar en divisiones.

Tan buenas razones dijeron los alfaquíes, y tanto hizo el rey y otros caballeros, que todo este escándalo fue apaciguado con gran pérdida de los caballeros Gomeles y Mazas, y algunos de sus contrarios.

Muza, que deseaba que la ciudad se diese al cristiano rey, viendo armada de nuevo aquella división entre los más principales, se holgó mucho por lo que él y los de su bando pretendían, que era ser cristianos y entregar la ciudad al rey D. Fernando; y un día estando a solas con el rey su hermano, le habló de esta manera:

—Muy mal lo has mirado, hermano Abdalí, en haber quebrado la palabra que le diste al rey cristiano, y no es trato de rey faltar en lo que propone. Veamos ahora cómo te puedes conservar en esta ciudad, que te ha quedado sola de tu reino. Bastimentos van faltando, puesta en división, no olvidados los rencores contra ti por la muerte de los Abencerrajes, por su destierro tan sin ocasión, y por la deshonra que hiciste a tu mujer la reina, que aunque fue bien vengada, los Almoradís y Marines sus parientes te tienen un odio mortal: no quisiste recibir jamás de mí ningún consejo, que si lo admitieras, no vinieras al estado miserable en que estás puesto, no teniendo socorro ninguno para resistir la pujanza grande del rey cristiano. Y así, ¿qué determinas hacer? ¿No hablas? ¿Por qué no me respondes? De mi voto, si no te quieres perder de todo punto, entrega al rey D. Fernando esta ciudad, pues que te da en qué y con qué vivas tú y tus siervos. No le indignes más, cumple la palabra con voluntad, si no quieres que a tu pesar te la haga cumplir. Adviértote que están determinados los más principales caballeros de Granada de irse a servir al rey Católico, o darte muy cruel guerra; y si quieres saber quién son, has de saber que los Alabeces y Gazules, Aldoradines y Venegas, Azarques y Alarifes, y todos los de sus parcialidades, que tú conoces muy bien, y yo el primero, queremos ser cristianos y servir al rey D. Fernando. Por tanto, consuélate, y mira que si estos que te digo te faltan, ¿qué harás aunque sea en tu favor todo lo restante de la ciudad? Porque todos estos quieren guardar sus haciendas, y no quieren ver su amada patria destruida y saqueada, ni sus reales banderas y estandartes rotos con violencia no vista, y ellos esclavos, divididos por diversas partes de los reinos de Castilla. Muévete a hacer lo que te digo: mira con cuánta piedad y misericordia el rey D. Fernando ha tratado a los pueblos del reino, dejándoles vivir con libertad en sus propias casas y haciendas, pagando lo mismo que a ti te pagaban, y que traigan sus ropas y vestidos, y hablen la lengua y vivan en su ley.