a Córdoba y a Sevilla.
Casada soy, rey D. Juan,
viuda no lo sería;
el moro que aquí me tiene
muy grande bien me quería.
Mostraban tanta suntuosidad y fortaleza los edificios de Granada y Alhambra, que admiraba, y hoy son fortísimos.
Estaba tan rico, próspero y bien afortunado el rey Mulahacén, que en las morismas no había otro tan poderoso, fuera del Gran Turco, si la fortuna no le derribara del trono en que estaba, como adelante se dirá.
Era servido de caballeros de mucha estima y de sangre real, porque había en Granada treinta y dos linajes de caballeros moros, sin otros muchos poderosos, descendientes de aquellos nobles de África que ganaron a España.
Y porque será justo nombrarlos a todos, y de qué reinos y provincias eran naturales, se dirá todo por extenso, para que se considere la gran nobleza que a la sazón había en Granada.