—Mahoma le confunda —respondió Fátima—, que en tal sobresalto nos puso a todos, y especialmente a mí, que como vi que de un golpe que os dio os derribó la mitad del bonete con todo el penacho, no me quedó gota de sangre, y faltándome de todo punto el aliento me caí amortecida en el suelo.
Fátima dijo esto encendiendo todo su rostro en color, de suerte que todos echaron de ver, que amaba al gallardo y valiente moro, el cual respondió:
—Mucho me pesa, que tan hermosa dama viniese a tal extremo por mi causa.
Y diciendo esto volvió los ojos a Daraja, mirándola aficionadamente, dándola a entender que la amaba de corazón; pero ella se estuvo con los ojos bajos y sin hacer mudamiento.
Llegada la hora de comer, el rey se sentó con sus caballeros a la mesa, porque en comiendo había de haber gran fiesta y zambra. Las mesas fueron puestas, y comieron con el rey los caballeros más principales, y eran cuatro caballeros Bencerrajes, cuatro Almoradís, dos Alhamares, ocho Gomeles, seis Alabeces, doce Abencerrajes y algunos Almoradines, Abenámar y Muza. Eran estos caballeros de grande estima, y por su valor les daba el rey su mesa.
Asimismo con la reina comían muy hermosas damas, y de buenos linajes, las cuales eran Daraja, Jarifa, Cobaida, Zaida, Sarracina y Alboraida; todas eran de la flor de Granada. También estaba la hermosa Galiana, hija del alcaide de Almería, que había venido a las fiestas, y era parienta de la reina.
Andaba enamorado de la hermosa Galiana el valiente Abenámar, y por ella había hecho muchos juegos y escaramuzas, y por él se dijo este romance:
En las guerras de Almería
estaba el moro Abenámar,
frontero de los palacios