pues que de la mar salieron.

No sin falta de lágrimas decía esta canción el enamorado Zaide al son de su sonoro laúd, acompañado de muy ardientes suspiros que le salían del alma, con que acrecentaba más las ansias de su pasión.

Y así como el enamorado moro sentía pasión en su alma, como lo mostraba, no la tenía menor la bella Zaida, la cual luego que sintió el laúd, y que quien le tocaba era su querido Zaide, porque en eso le conocía, se levantó muy quedito, y se fue a un balcón bajo, donde oía la canción y los suspiros que daba su amante, y enternecida la acompañaba en su mismo sentimiento con tristes lágrimas, trayendo a la memoria la sentencia de la canción, y por la causa que el moro la decía: la cual era de saber, que la primera vez que Zaide vio a su hermosa Zaida, fue en Almería un día de S. Juan, siendo capitán de una fusta, con la cual hacía el moro grandes entradas, y muy grandes robos por la mar, y acaso llegó Zaide con su bajel a la playa de Almería, a la sazón que la bella Zaida estaba en ella holgándose con sus padres y parientes.

Traía el moro gallardo en su navío ricos despojos de cristianos, y con muchas flámulas, gallardetes y banderas tendidas, las cuales adornaban y hermoseaban el navío, y fue causa que su padre de Zaida y ella entrasen a ver el navío y al capitán de él, el cual fue de ellos conocido.

El valeroso y gallardo Zaide los recibió con muy grande alegría y aplauso, poniendo los ojos en la bella Zaida, a la cual presentó muchas y muy riquísimas joyas, con las cuales descubrió su deseo y amor, y quedó amartelado de ella, y ella asimismo se enamoró del bizarro moro. Finalmente, se trató entre ellos que se fuese Zaide a Granada, y se tuviesen mucha fe y amor.

Él aceptó el partido, y determinó dejar la mar e irse a Granada, dejando su navío a un deudo suyo. Y estando en Granada el gallardo Zaide sirvió a su dama hasta aquel punto; y visto el proceder de los padres de su querida mora, y el gran disfavor que ella le había dado, lleno de amorosas llamas le cantó la canción dicha, trayendo a la memoria sus primeras vistas.

Así como la bella mora consideró la pena que su amante mostraba en sus acentos, hizo el sentimiento que él, y llegose al balcón enternecida, y llamole quedo por causa de sus padres. No se tardó el bizarro moro en su ida, y llegándose cuanto pudo al balcón muy gozoso, le dijo su dama:

—¿Cómo Zaide, todavía perseveras? ¿No sabes que me infamas? Advierte la nota que das: considera que mis padres me tienen puesta en vida estrecha solo por tu causa. Vete antes que seas sentido de ellos, porque han jurado que si no hay enmienda, que me han de enviar a Coín a casa de mi tío; no des lugar a esto, porque será mi vida acabada. Y no imagines que te he olvidado, que tan en mi alma te tengo como antes. Pasen estos nublados, que Alá nos enviará bonanza.

Y llorando se apartó de su amante, dejando a su amado moro en tinieblas faltándole su luz; el cual confuso se apartó de aqueste puesto, no sabiendo el fin que había de tener su amado deseo.

Pues volviendo al pasado sarao, y a las prometidas y concertadas fiestas, las cuales fuera mejor que no se concertaran ni hicieran, por las revoluciones y pesadumbres que en ellas hubo, y duraron por mucho tiempo después, como más largamente adelante diremos; en este sarao y fiesta se halló el gallardo y valiente Zaide, caballero Abencerraje, el cual amaba a su bella Zaida, y ella a él, y era con tanto extremo el amor que se tenían, que no excedía un punto de su gusto el uno del otro; y entreteníanse ambos sin gozarse, con solo verse y hablarse, hasta que llegase el venturoso día de su deseado casamiento.