— Eso está muy bien — respondió el compadre Alfio quitándose el farseto —; así pincharemos con fuerza los dos.
Ambos eran buenos esgrimidores. Turiddu tiró el primer golpe y alcanzó al otro en un brazo; al repetir, tiró a la ingle.
— ¡Ah, compadre Turiddu! ¿Es que de veras quieres matarme?
— Si, ya te lo he dicho; acabo de ver a mi vieja en el gallinero, y me parece tenerla continuamente delante.
— ¡Pues abre bien los ojos! — le gritó el compadre Alfio —, porque vas a ir bien servido!
Según estaba en guardia, agachado, para contener la herida que le dolía, y arrastrando casi el codo por el suelo, agarró un puñado de tierra y se lo echó a los ojos al adversario.
— ¡Ah! — gritó Turiddu, cegado —, ¡soy muerto!
Intentaba salvarse dando saltos desesperados hacia atrás; pero el compadre Alfio le alcanzó con otro golpe en el estómago y otro en el cuello.
— ¡Y tres! ¡Este, por haberme adornado la casa! Ahora, tu madre dejará en paz las gallinas.
Turiddu se tambaleó un poco entre las chumberas y cayó luego como una piedra. La sangre le borbotaba espumando en la garganta, y no pudo proferir ni un "¡Ay mi madre!".