— Si quieres ir mañana a las chumberas de la Canziria, podremos hablar de nuestro asunto compadre.
— Espérame en la carretera, al salir el sol, e iremos juntos.
Con estas palabras se dieron el beso de desafío, y Turiddu le mordió la oreja al carretero, haciéndole así promesa solemne de no faltar.
Los amigos, abandonando la salchicha, acompañaron silenciosos a Turiddu hasta su casa. La "señá" Anuncia, la pobrecilla, esperábale hasta tarde todas las noches.
— Madre — le dijo Turiddu —, ¿se acuerda cuando me fuí al servicio, que creía usted que ya no iba a volver? Deme un beso muy fuerte como entonces, porque mañana temprano tengo que irme muy lejos.
Antes de ser de día cogió la faca, que había escondido en el heno cuando se marchó soldado, y se puso en camino hacia las chumberas de la Canziria.
— ¡Jesús María! ¿Adónde vas tan furioso? — lloriqueaba la Lola a punto de salir su marido.
— Voy ahí cerca— respondió el compadre Alfio —; pero mejor te sería que no volviese nunca.
Lola, en camisa, rezaba a los pies de la cama, llevándose a los labios el rosario que le había traído fray Bernardino de los Santos Lugares, cuantas avemarías podía.
— Compadre Alfio — comenzó Turiddu luego que hubieron hecho un buen trecho del camino él y su compañero, que iba callado y con la montera sobre los ojos —, como hay Dios que se que no tengo corazón y que me dejaría matar. Pero antes de salir he visto a mi vieja, que se ha levantado para verme marchar, que el pretexto de arreglar el gallinero, como si se lo diera el corazón, y, como hay Dios, que te mataré como perro por no hacer llorar a mi viejecica.