El compadre Alfio era uno de esos carreteros que llevan la montera a la oreja, y al oír hablar de su mujer de aquel modo mudó de color, como si le hubiesen dado una puñalada.
— ¡Santo diablo! — exclamó —. ¡Como no hayas visto bien, no os dejo ni ojos para llorar a ti y a toda tu parentela!
— ¡No acostumbro llorar yo! — respondió Santa —; ni siquiera he llorado al ver con estos ojos entrar a Turiddu, el de la "seña" Anuncia, en casa de tu mujer...
— Está bien — respondió el compadre Alfio —; muchas gracias.
Turiddu, ahora que había vuelto ya el marido, no rondaba de día por la calleja, y distraía el tedio en la taberna con los amigos. La víspera de Pascua tenían sobre la mesa un plato de salchicha, cuando entrando en esto el compadre Alfio, con sólo ver el modo que tuvo de mirarle, comprendió Turiddu que había ido a arreglar cuentas, y dejó el tenador en el plato.
— ¿Tienes algo que mandar, compadre Alfio? — le dijo.
— Nada, compadre Turiddu, sino que hace ya tiempo que no te veo y quería hablarte de lo que sabes.
Turiddu, al pronto, le había ofrecido una copa; pero el compadre Alfio la rehusó con la mano. Entonces Turiddu se levantó y le dijo:
— Pues aquí me tienes, compadre Alfio.
El carretero le echó los brazos al cuello.