— ¡Vaya, compadre Turiddu! ¿Es que ya no se saluda a los amigos?

— ¡Ay! — suspiró el mozo —. ¡Dichoso el que puede saludarte!

— ¡Pues si tal intención tienes, ya sabes donde vivo!... — respondió Lola.

Turiddu volvió a verla con tanta frecuencia, que Santa se enteró y le dió con la ventana en los hocicos. Los vecinos le señalaban con una sonrisa o con un movimiento de cabeza cuando pasaba el tirador. El marido de Lola andaba por las feries con sus mulas.

— ¡El domingo quiero ir a confesarme, que esta noche he soñado con uvas negras! — dijo Lola.

— ¡Déjalo, déjalo! — suplicaba Turiddu.

— No, que como se acerca la Pascua, mi marido querría saber por qué no me confieso.

— ¡Ay! — murmuraba Santa, la del señor Colás, esperando turno de rodillas ante el confesonario, donde Lola estaba haciendo la colada de sus pecados—. ¡Por mi alma, que no quiero mandarte a Roma en penitencia!

El compadre Alfio volvió con sus mulas, cargado de dineros, y trajo a su mujer un vestido nuevo, muy majo, para las fiestas.

— Haces bien en traerle regalos — le dijo su vecina Santa —, ¡porque mientras estás fuera, tu mujer te adorna la casa!