El padre empezaba a torcer el gesto; pero la muchacha no se daba por enterada, porque la borla del gorro del tirador le había hecho cosquillas en el corazón y le bailaba continuamente ante los ojos. Como el padre puso a Turiddu en la puerta, la hija le abrió la ventana, y todas las noches estaba de charla con él, que no se hablaba de otra cosa en la vecindad.

— Estoy loco por ti, y hasta el sueño pierdo y el apetito.

— Cháchara.

— ¡Quisiera ser el hijo de Victor Manuel para casarme contigo!

— Cháchara.

— Por la Virgen, que como pan te comería!

— Cháchara.

— ¡Por mi honra te lo juro!

— ¡Ay madre mía!

Lola, que lo oía todo, palideciendo y ruborizándose, escondida tras el tiesto de albahaca, un día llamó a Turiddu.