— ¡Te quiero... a ti, que eres guapo como un sol y dulce como la miel! ¡Te quiero a ti!

— Y yo quiero a tu hija, que es mocita — respondió Nanni riendo.

"La Loba" llevóse las manos a la cabeza, rascóse las sienes sin decir palabra y, marchándose luego, ya no volvió más por la era. Pero en octubre se encontró de nuevo con Nanni, según hacían el aceite, porque trabajaba junto a su casa, y el chirrido de la prensa no le dejaba dormir en toda la noche.

— Coge el saco de las aceitunas — le dijo a su hija — y ven conmigo.

Nanni empujaba con la pala las aceitunas bajo la muela, y gritábale "¡ohí" a la mula para que no se parase.

— ¿Quieres a mi hija Marica? — le preguntó la "señá" Pina.

— ¿Qué le da usted a su hija Marica? — respondió Nanni —. Tiene lo de su padre, y a más le doy mi casa; a mí me basta con que me des un rincón de la cocina donde tender un jergón.

— Si es así, para Navidad hablaremos — dijo Nanni.

Nanni estaba todo untado y sucio del aceite y de las aceitunas puestas a fermentar, y Marica no le quería en modo alguno; pero su madre la agarró por los pelos, delante del hogar, y le dijo, apretando los dientes:

— ¡Si no te casas con él, te mato!