"La Loba" parecía enferma, y decía la gente que el diablo cuando se hace viejo se mete a fraile. Ya no iba de aquí para allá; ya no se ponía a la puerta con aquellos ojos de endemoniada. Su yerno, cuando ella se le plantaba delante con aquellos ojos, echábase a reír, y sacaba el escapulario de la Virgen para persignarse. Marica estábase en casa amamantando a sus hijos, y su madre andaba por los campos trabajando con los hombres, como un hombre enteramente, escardando, cavando, conduciendo el ganado, podando las cepas, ya soplase el gregal, ya levante de enero o siroco de agosto, cuando los machos agachaban la cabeza y los hombres dormían de bruces al resguardo de la pared a tramontana. "En esa hora entre véspero y nona, en que no anda hembra bona", la señá Pina era la única alma viviente a quien se veía errar por el campo, sobre los guijarros abrasados de los senderos, entre los secos rastrojos de los campos inmensos, que se perdían en el caliginoso ambiente, lejos, muy lejos, hacia el Etna neblinoso, donde el cielo pesaba sobre el horizonte.

— Despierta — dijole "La Loba" a Nanni, que dormía en la cuneta, junto al seto polvoriento, con la cabeza entre los brazos —. Despierta, que te he traído el vino para que refresques el gañote.

Nanni abrió los ojos lacrimosos, entre dormido y despierto, y se la encontró derecha, pálida, prepotente el pecho, los ojos negros como el carbón, y extendió a tientas las manos.

— ¡No; "no anda hembra bona entre véspero y nona"! — sollozaba Nanni, escondiendo la cara en la hierba seca de la cuneta y arañándose los pelos — ¡Vete, vete; no vuelvas más a la era!

Y se marchó "La Loba", en efecto, anudándose otra vez las hermosas trenzas, fija la mirada ante sus pasos en los cálidos rastrojos, con los ojos negros como el carbón.

Pero volvió varias veces a la era, y Nanni no le dijo nada. Antes bien: cuando tardaba en ir a esa hora, entre véspero y nona, íbase a esperarla a lo alto de la senda blanca y desierta, con el sudor en la frente, y después se llevaba las manos a la cabeza y repetíale siempre:

— ¡Vete, vete, y no vuelvas más a la hora!

Marica lloraba día y noche, y plantábase ante su madre, ardiéndole los ojos de lágrimas, como una lobezna a su vez, siempre que la veía volver del campo pálida y muda.

— ¡Mala madre! — le decía —. ¡Mala madre!

— ¡Calla!