— ¡Ladrona, ladrona!

— ¡Calla!

— ¡Iré a decírselo al brigadier!

— ¡Ve!

Y fué de veras, con sus hijos en brazos, sin miedo, sin verter una lágrima, como una loca, porque ahora también ella quería a aquel marido que le habían dado a la fuerza, untado y sucio de las aceitunas puestas a fermentar.

El brigadier mandó llamar a Nanni, y le amenazó incluso con el presidio y la horca. Nanni se dió a llorar y a tirarse de los pelos. ¡No negó nada! ¡No intentó disculparse!

— ¡Es la tentación — decía —; es la tentación del infierno!

Y se arrojó a los pies del brigadier, suplicandole que le mandase a presidio.

— ¡Por caridad, señor brigadier, sáqueme de este infierno! ¡Que me matan! ¡Que me maten en la cárcel; pero que no la vea nunca más!

— ¡No! — respondióle, por el contrario, "La Loba" al brigadier —. Yo me reservé un rincón de la cocina donde dormir cuando les di mi casa en dote. La casa es mía. ¡No quiero marcharme!