Poco después, a Nanni le atizó una coz el macho, y estuvo a la muerte; pero el párroco se negó a darle el Señor si "La Loba" no salía de la casa. "La Loba" se marchó, y su yerno entonces pudo prepararse a irse también como buen cristiano, y confesó y comulgó con tales muestras de arrepentimiento y de contrición, que todos los vecinos y curiosos lloraban junto al lecho del moribundo. Mejor habríale sido morirse aquel día, antes de que el diablo volviese a tentarlo y a metérsele en alma y cuerpo cuando estuvo curado.
— ¡Déjame! — decíale a "La Loba" —. ¡Por caridad, déjame en paz! ¡He visto con estos ojos a la muerte! La pobre Marica está desesperada. ¡Ya lo sabe todo el pueblo! Cuando no te veo es mejor para ti y para mi...
Habría querido sacarse los ojos para no ver los de "La Loba", que cuando se clavaban en los suyos haciénle perder el alma y el cuerpo. No sabía qué hacer para librarse del embrujamiento. Pagó misas a las ánimas del Purgatorio; fué a pedirles ayuda al párroco y al brigadier. Por Pascua se confesó y se arrastró públicamente, lamiendo los guijarros del sagrado, delante de la iglesia, en penitencia, y luego, como "La Loba" volviese a tentarlo:
— Oye — le dijo —; no vuelvas a buscarme a la era, porque si vuelves, como hay Dios que te mato.
— Mátame — respondió "La Loba" —, no me importa; pero sin ti no quiero estar.
Como la divisó de lejos, en medio de los verdes sembrados, dejó de cavar la viña y fué a arrancar el hacha del olmo. "La Loba" le vió acercarse, pálido, con ojos extraviados, con el hacha brillando al sólo, y no se echó atrás un solo paso; no bajó los ojos; siguió andando a su encuentro, llenas las manos de manojos de rojas amapolas, comiéndoselo con sus ojos negros.
— ¡Ah, maldita sea tu alma! — balbució Nanni.
NEDDA
El hogar doméstico era siempre a mis ojos una figura retórica, buena para encuadrar los afectos más dulces y serenos, como el rayo de luna para besar las rubias cabelleras; pero me sonreía al oír que el fuego de la chimenea es casi un amigo. Parecíame, en verdad, un amigo harto necesario, a las veces fastidioso y despótico, que poco a poco quisiera atarnos de pies y manos y arrastrarnos a su antro humoso para besarnos a la manera de Judas. No se me alcanzaba el pasatiempo de atizar al fuego, ni la voluptuosidad de sentirse inundado por el resplandor de la llama; no comprendía el lenguaje del leño crepitando desdeñoso o rezongando en llamaradas; no tenía acostumbrados los ojos a los caprichosos dibujos de las chispas, corriendo como luciérnagas sobre los ennegrecidos tizones a las fantásticas formas que al carbonizarse asume la leña, a las mil gradaciones de claroscuro de la llama azul y roja, que ora lame tímida o acaricia graciosamente, ora se eleva con orgullosa petulancia. Cuando me inicié en los misterios de las tenazas y el fuelle, me enamoré con grandes transportes de la voluptuosa ociosidad de la chimenea. Abandono pues, mi cuerpo sobre la butaca, junto al fuego, como dejaría un traje, encomendando a la llama el cuidado de hacer que mi sangre circule más cálida y que mi corazón lata con más fuerza, y a las chispas fugitivas que revolotean como mariposas enamoradas el que mantengan abiertos mis ojos, y hagan al par errar caprichosamente mis pensamientos. El espectáculo del propio pensamiento revoloteando vagamente en nuestro derredor, o abandonándonos para correr lejos, e infundir, sin que nos demos cuenta, soplos de dulzura y amargura en el corazón, tiene indefinibles atractivos. Con el cigarro medio apagado, entornados los ojos, las tenazas escapándose de los flojos dedos, vemos venir de lejos una parte de nosotros mismos y recorrer distancias vertiginosas; parécenos que pasen por nuestros nervios corrientes de atmósferas desconocidas; probamos, sonrientes, sin mover un dedo ni dar un paso, el efecto de mil sensaciones que nos harían encanecer y surcarían de arrugas nuestra frente.