— Nada.
— Tiene que su madre se está muriendo — respondió uno de sus compañeras, como si hubiese dicho que le dolían las muelas.
La moza, que tenía la barba en las rodillas, miró a la que había hablado, con sus ojazos negros, brillantes, pero secos e impasibles, y volvió a bajarlos sin decir palabra, fijos en sus pies desnudos.
Entonces, dos o tres volviéronse hacia ella, mientras las otras se desbandaban charlando todos a la vez como urracas, festejando el rico cebo, y le dijeron:
— Si es así, ¿por qué has dejado a tu madre?
— Por encontrar trabajo.
— ¿De dónde eres?
— De Viagrande; pero vivo en Ravanusa.
Una de las burlonas, la hija del mayoral, que estaba para casarse por Pascua con el tercer hijo del señor Jacobo, y que tenía una linda crucecita de oro al cuello, le dijo, volviéndole la espalda:
— ¡No está lejos! ¡Un pájaro te traería la mala noticia!