Nedda le lanzó una mirada semejante a la que el perro acurrucado junto al fuego lanzaba a los zuecos que amenazábanle el rabo.
— ¡No; el tío Juan habría venido a llamarme! — exclamó como respondiéndose a sí misma.
— ¿Quién es el tío Juan?
— El tío Juan de Ravanusa; todos le llaman así.
— Mejor habría sido que el tío Juan de prestase algo, y no dejar a tu madre — dijo otra.
— El tío Juan no es rico, y ya le debemos diez liras. ¿Y el médico? ¿Y las medicinas? ¿Y el pan de cada día? ¡Ay, se dice muy pronto! — añadió Nedda moviendo la cabeza y dejando escapar por primera vez una entonación más dolorosa en su voz ruda, casi salvaje — ¡Pero el ver desde la puerta ponerse el sol, pensando que no hay pan en la alacena, ni aceite en el candil, ni trabajo para el día siguiente, es una cosa muy amarga cuando se tiene a una pobre vieja enferma, sobre aquel camastro!
Y movía la cabeza después de hablar sin mirar a nadie, con los ojos secos, que delataban un dolor inconsciente, cual no sabían expresar los más habituados a las lágrimas.
— ¡Las escudillas, muchachas! — gritó la mayorala, destapando la olla con aire triunfal.
Todas se agolparon en torno al hogar, donde la mayorala distribuía con paciente parsimonia el potaje de habas. Nedda esperaba la última, con su escudilla bajo el brazo. Al cabo, hubo sitio para ella también, y la llama la iluminó por entero.
Era una muchacha morena míseramente vestida; tenía esa timidez y tosquedad que dan la soledad y la miseria. Tal vez habría sido guapa si los trabajos y fatigas no hubiesen alterado en ella, no ya las nobles facciones de la mujer, pero incluso la figura humana. Eran sus cabellos negros, espesos, ensortijados, anudados apenas con un cordelillo; tenía unos dientes blancos como el marfil, y cierta grosera simpatía de facciones que hacía atrayente su sonrisa. Sus ojos eran negros, grandes, bañados en azulado flúido, que habríaselos envidiado una reina a aquella pobre muchacha acurrucada en el último escalón de la escala humana, a no estar ensombrecidos por la timidez de la miseria o a no haber parecido estúpidos por una triste y continua resignación. Sus miembros, aplastados por enormes pesos o desarrollado violentamente por penosos esfuerzos, eran toscos sin ser robustos. Hacía de peón cuando no tenía con qué transportar piedras en los terrenos en roturación; llevaba encargos a la ciudad por cuenta ajena o se empleaba en los trabajos más duros, estimados en aquellos lugares como inferiores a la dignidad humana. La vendimia, la siega, la recolección de la aceituna eran para ella fiestas, días de holgorio, un pasatiempo más que un trabajo. Bien es verdad que sacaba apenas la mitad de un buen jornal veraniego de peón, que le daba ¡sus sesenta y cinco céntimos!, los harapos que llevaba por vestido, haciendo grotesca lo que hubiera debido ser belleza femenina. La imaginación más despierta no hubiera podido figurarse que aquellas manos obligadas a un áspero trabajo cotidiano, a raspar entre el hielo o en la tierra ardiente, o en cambrones y grietas; que aquellos pies acostumbrados a andar desnudos sobre la nieve o por las rocas abrasadas de sol, a herirse en los espinos y a encallecerse en las piedras, hubieran podido ser bellos. Nadie era capaz de decir los años que tenía aquella humana criatura; la miseria le había agobiado desde niña con todos los trabajos que deforman y endurecen el cuerpo, el alma y la inteligencia. Tal había sucedido con su madre, con su abuela, y tal hubiera pasado con su hija. De sus hermanos en Eva bastaba que tuviese lo poco que necesitaba para entender sus órdenes y prestarlos los más humildes y duros servicios.