Nedda alargó su escudilla, y la mayorala le echó cuanto de habas quedaban en la olla, que no era mucho.

— ¿Por qué vienes siempre la última? ¿No sabes que los últimos no tienen más que sobras? — le dijo a manera de compensación la mayorala.

La pobre muchacha bajó los ojos sobre el caldo negro que humeaba en su escudilla, como si mereciese el reproche, y se fué despacito, para que no se vertiese el contenido.

— Yo te daría de buena gana de las mías — díjole a Nedda una de sus compañeras, que tenía mejor corazón—; pero si mañana sigue lloviendo..., ¡la verdad!, no querría, además de perder el jornal, comerme todo mi pan.

— ¡Yo no tengo ese miedo! — respondió Nedda con triste sonrisa.

— ¿Por qué?

— Porque no tengo pan... Lo poco que tenía se lo he dejado juntamente con unos pocos cuartos a mi madre.

— ¿Y vives sólo con la sopa?

— Sí; estoy acostumbrada — respondió Nedda simplemente.

— ¡Maldito tiempo, que nos roba el jornal! — imprecó otra.