— Toma, toma de mi escudilla.
— No tengo más hambre — respondió la cantarina torpemente, a modo de gracias.
— Tú, que maldices la lluvia de Dios, ¿es que no comes pan tampoco? — díjole la mayorala a la que había imprecado contra el mal tiempo —. ¿Qué, no sabes que lluvia de otoño quiere decir buen año?
Un murmullo general aprobó estas palabras.
— Sí; pero entre tanto son ya tres buenos medios jornales que su marido nos quitará de la cuenta de la semana.
Otro murmullo de aprobación.
— ¿Has trabajado, por un casual, estos tres medios días para que se te paguen? — respondió triunfalmente la vieja.
— ¡Es verdad; es verdad! — respondieron las demás, con ese sentimiento instintivo de justicia de las masas, aun cuando semejante justicia perjudique a los individuos.
La mayorala entonó el rosario; siguiéronse las avemarías con su monótono sonsonete, acompañadas de tal cual bostezo; después de la letanía se rezó por los vivos y por los muertos, y entonces los ojos de la pobre Nedda llenáronse de lágrimas y se olvidó de responder "amén".
— ¿Qué es eso de no contestar "amén"? — le dijo la vieja en tono severo.