— Pensaba en mi pobre madre, que está tan lejos — balbució Nedda tímidamente.
Luego, la mayorala dió las santas noches, tomó el candil y se marchó. Aquí y allá, por la cocina o en torno al fuego se improvisaron las yacijas en forma pintoresca. Las últimas llamas arrojaron vacilantes claroscuros sobre los diversos grupos. Era una buena hacienda aquélla, y el amo no ahorraba, como tantos otros, habas para la sopa, leña para el hogar ni paja para las yacijas. Las mujeres dormían en la cocina, y los hombres, en el henar. Donde el amo es avaro, o pequeña la hacienda, hombres y mujeres duermen revueltos, como mejor pueden, en la cuadra o en otra parte, sobre la paja o sobre unos trapos; los hijos, junto a los padres, y cuando el padre es rico y tiene una manta de su propiedad, la extiende sobre su familia; el que tiene frío se pega al vecino, mete los pies en la ceniza caliente o se tapa con paja, ingeniándose como puede, luego de un día de trabajo, para empezar otro día de trabajo; el sueño es profundo, igual que un déspota benéfico, y la moralidad del amo no desdeña sino el trabajo de la muchacha que, próxima a ser madre, no pudiese cumplir las diez horas.
Antes de ser de día salieron las más madrugadoras a ver qué tiempo hacía, y la puerta, que giraba a cada momento sobre sus goznes, lanzaba ráfagas de lluvia y viento frío sobre los que, ateridos, dormían aún. A los primeros albores, el mayoral fué a abrir la puerta para despertar a los perezosos; que no es justo defraudar al patrón un minuto de las diez horas de jornal, porque para eso paga su buena tarja, y a veces tres carlinos (¡sesenta y cinco céntimos!) a más de la sopa.
¡Llueve!, era la palabra fastidiosa que corría de boca en boca con acento de mal humor. La Nedda, apoyada en la puerta, miraba tristemente los gruesos nubarrones color de plomo, que arrojaban sobre ella las lívidas tintas del crepúsculo. El día era frío y neblinoso; las hojas secas se desprendían, arrastrándose por entre las ramas, y revoloteaban un momento antes de caer en la tierra fangosa; el arroyuelo se empantanaba en un charco, donde se revolcaban voluptuosamente los cerdos; las vacas asomaban el negro hocico a través de la cancela que cerraba el establo, y miraban la lluvia que caía de sus ojos melancólicos; los pájaros, acurrucados bajo las tejas del alero, piaban lastimeramente.
— ¡Otro día perdido! — murmuró una de las muchachas, hincándole el diente a un pan negro.
— Las nubes se separan del mar allá abajo — dijo Nedda extendiendo el brazo —; hacia mediodía tal vez cambie el tiempo.
— Pero el tunante del mayoral no nos pagará más que un tercio del jornal.
— Eso saldremos ganando.
— Sí; pero ¿y el pan que nos comemos?
— ¿Y el daño que tendrá el amo de las aceitunas que se estropean y las que se pierdan en el barro?