— Es verdad — dijo otra.

— Pues prueba a coger ni una sola de las aceitunas que se habrán perdido dentro de media hora, para comértelas con tu pan seco, y verás lo que te da de más el amo.

— ¡Claro, porque las aceitunas no son nuestras!

— ¡Pero tampoco son de la tierra que se las come!

— ¡La tierra es del amo! — respondió Nedda, con lógica triunfante y ojillos expresivos.

— Eso también es verdad — contestó otra que no sabía qué responder.

— Yo, por mi, preferiría que siguiese lloviendo todo el día, antes que pasarme la tarde a gatas, metida en el barro, en este tiempo, por tres o cuatro cuartos.

— ¡A ti no te hace nada tres o cuatro cuartos! — dijo Nedda tristemente.

La noche del sábado, cuando llegó la hora de ajustar las cuentas de la semana, ante la mesa del mayoral, llena de papelotes y montones de dinero, a los hombres más alborotados pagóseles primero, después a las mujeres más resueltas, por último, y peor, a las tímidas e débiles. Cuando el mayoral le hizo su cuenta, Nedda vino a saber, que, quitando los dos días y medio de forzado reposo, le quedaban cuarenta cuartos.

La pobre muchacha no osó abrir la boca. Unicamente los ojos se le llenaron de lágrimas.