— ¡Quéjate además, llorona! — gritó el mayoral, que gritaba siempre, como mayoral concienzudo que defiende los cuartos del amo —. ¡Después que te pago como a las otras, a pesar de que eres más pobre y más pequeña que las demás, y de que te pago un jornal como ningún amo paga en toda la tierra de Pedara, Nicolosi y Trecastagni, tres carlinos y la sopa!

— Si no me quejo... — dijo tímidamente Nedda, guardándose los pocos cuartos que el mayoral, para aumentar su valor, había contado uno por uno —. La culpa ha sido del mal tiempo, que me ha quitado la mitad de lo que habría podido sacar.

— ¡Pues enfádate con Dios! — dijo el mayoral ásperamente.

— Con Dios, no... conmigo, que soy tan pobre.

— Págale entera su semana a esa pobre muchacha — dijo al mayoral el hijo del amo, que asistía a la recolección de la aceituna —. Total son muy pocos cuartos de diferencia.

— No se le debe dar más que lo que es justo.

— ¡Pero si te lo digo yo!

— Todos los propietarios de alrededor nos harían la guerra a usted y a mí si "hiciésemos esas novedades".

— ¡Tienes razón! — respondió el hijo del amo, que era un rico propietario y tenía muchos vecinos.

Nedda recogió los pocos harapos que eran suyos y dijo adiós a la compañía.