— ¿Te vas a Ravanusa a estas horas? — le dijeron algunas.

— ¡Mi madre está mala!

— ¿No tienes miedo?

— Sí; tengo miedo por los cuartos que llevo en el bolsillo; pero mi madre está mala, y como ya no tengo que trabajar aquí, me parece que no podría dormir si me quedase una noche más.

— ¿Quieres que te acompañe? — le dijo en son de burla el zagal.

— Voy con Dios y la Virgen — contestó simplemente la pobre muchacha, emprendiendo el camino con la cabeza baja.

El sol se había puesto tiempo hacía, y las sombras ascendían rápidamente hacia la cima de la montaña. Nedda andaba ligera, y cuando las tinieblas se hicieron profundas, empezó a cantar como un pájaro asustado. A cada diez pasos volvíase aterrorizada, y cuando una piedra removida por la lluvia resbalaba de una tapia abajo, o el viento le salpicaba la cara a modo de pedrisco con la lluvia recogida en las hojas de los árboles, se detenía temblorosa como una cabra perdida. Un buho la seguía de árbol en árbol, con su canto lastimero, y ella, contenta de la compañía, le hacía el reclamo para que el pájaro no se cansase de seguirla. Cuando pasaba ante una capillita, junto a la puerta de alguna hacienda, se detenía un instante en la vereda para rezar a toda prisa un avemaría, con cuidado de que no se le echase encima, desde la tapia, el perro guardián, que ladraba furiosamente; luego seguía más apresurada, volviéndose dos o tres veces a mirar el farolillo que ardía en homenaje a la santa, alumbrando al propio tiempo al mayoral, cuando volvía tarde del campo. Aquel farolillo le daba ánimos y le hacía rezar por su pobre madre. De cuando en cuando un doloroso pensamiento le encogía el corazón con súbito ahogo, y entonces echaba a correr, cantaba en voz alta para aturdirse, o pensaba en los alegres días de la vendimia, o en las noches de verano, cuando con la luna más hermosa del mundo se volvía del llano saltando tras la cornamusa que sonaba alegremente; mas su pensamiento corría siempre hasta la mísera yacija de su enferma. Tropezó en una esquirla, de lava cortante como una navaja de afeitar, y se hirió un pie; la obscuridad era tan densa, que en las revueltas del sendero la pobre muchacha dábase muchas veces contra una tapia o un seto, y empezaba a perder ánimos y a no saber dónde se encontraba. De pronto, oyó el reloj de Punta, que daba las nueve, tan cerca, que le parecía como si las campanadas cayesen sobre su cabeza. Nedda sonrió como si un amigo la hubiese llamado por su nombre en medio de una muchedumbre de extranjeros.

Tomó alegremente el camino del pueblo, cantando a todo voz su canción, apretando en la mano, dentro del bolsillo del delantal, sus cuarenta cuartos.

Al pasar por delante de la botica, vió al boticario y al notario, que, muy abrigados, jugaban a las cartas. Un poco más allá encontró al pobre loco de Punta, que recorría la calle de un lado a otro, metidas las manos en los bolsillos, canturreando el cantar que desde hace veinte años le acompaña en las noches de invierno y en los mediodías caniculares. Cuando llegó a los primeros árboles de la recta avenida de Ravanusa, topó con una yunta de bueyes, que iban rumiando tranquilamente, con lento paso.

— ¡Ohé, Nedda! — gritó una voz conocida.