— ¿Eres tú, Janu?
— Sí; yo soy; con los bueyes del amo.
— ¿De dónde vienes? — preguntó Nedda sin detenerse.
— Vengo de la Plana. He pasado por tu caso. Tu madre te está esperando.
— ¿Cómo está mi madre?
— Lo mismo.
— ¡Que Dios te bendiga! — exclamó la muchacha, como si hubiese tenido peores noticias, y empezó a correr de nuevo.
— ¡Adiós, Nedda! — le gritó Janu.
— Adiós — balbució de lejos Nedda.
Le pareció que las estrellas brillaban como soles; que los árboles, uno por uno, extendían las ramas para protegerla, y que los guijarros del camino le acariciaban pies doloridos.