Al día siguiente, que era domingo, hubo la visita que el médico concedía a sus enfermos pobres el día que no podía consagrarse a sus haciendas. Una visita triste, en verdad, porque el bueno del doctor no estaba acostumbrado a gastar cumplidos con sus clientes, y en la casucha de Nedda no había antecámara ni amigos a quienes anunciar el verdadero estado de la enferma.
El mismo día se siguió una triste función; fueran el cura con roquete, el sacristán con los Santos Oleos, y dos o tres comadres murmurando no sé qué rezos. La campanilla del sacristán difundía su agudo sonido por los campos, y los carreteros, al oírla, paraban sus mulas en medio del camino y se quitaban la gorra. Cuando Nedda la oyó por la pedregosa senda, tiró de la colcha toda rota de la enferma, para que no se viese que no tenía sábanas, y puso su mejor delantal blanco sobre el cojo velador, afianzado con dos ladrillos. Luego, en tanto el cura cumplía su deber, se arrodilló a la puerta, balbuciendo maquinalmente unas oraciones, mirando como entre sueños aquella piedra ante el umbral en que su viejecica solía calentarse al sol de marzo, y escuchando distraídamente los sólitos ruidos de la vecindad y el vaivén de toda aquella gente, que hacía sus menesteres sin angustias ni penas. El cura se marchó, y el sacristán esperó en vano a la puerta a que le dieron la acostumbrada limosna para los pobres.
El tío Juan vió ya muy tarde aquella noche a Nedda corriendo por el camino de Punta.
— ¡Eh! ¿Adónde vas a estas horas?
— Voy por una medicina que ha mandado el médico.
El tío Juan era económico y gruñón.
— ¡Más medicinas — murmuró —, después de haber mandado la medicina de la unción! ¡Como que ésos van a medias con el boticario para chuparles la sangre a los pobres. Oye lo que te digo, Nedda, ahórrate esos cuartos y ve a estarte con tu vieja.
— ¡Quién sabe si le hará bien! — respondió tristemente la muchacha, bajando los ojos y apretando el paso.
El tío Juan contestó con un gruñido. Luego le gritó:
— ¡Eh, tú, cantarina!