— ¿Qué quiere usted?
— Yo iré a la botica. Iré más de prisa que tú, no lo dudes. Entre tanto, no dejarás sola a tu madre.
A la muchacha se le saltaron las lágrimas.
— ¡Que Dios le bendiga! — le dijo, y quiso ponerle el dinero en la mano.
— Los cuartos me los darás luego — respondió ásperamente el tío Juan, y se dió a andar con las piernas de sus veinte años.
La muchacha volvió a su casa y le dijo a su madre:
— Ha ido el tío Juan — y lo dijo, cual no solía, con voz dulce.
La moribunda oyó el sonido de los cuartos que Nedda dejaba sobre el velador, y la interrogó con los ojos.
— Me ha dicho que después se los daré — respondió la muchacha.
— ¡Que Dios le pague su caridad! — murmuró la enferma —. Así no te quedarás sin un céntimo.