— ¡Ay, madre!
— ¿Cuánto le debemos al tío Juan?
— Diez liras. ¡Pero no tenga miedo, madre; yo trabajaré!
La vieja la miró largo rato, semiapagada ya la vista, y después la abrazó sin decir palabra. Al día siguiente fueran los enterradores, el sacristán y las comadres. Cuando Nedda hubo colocado a la muerta en el ataúd, con sus mejores ropas, le puso entre las manos un clavel florecido dentro de un puchero roto, y el más lindo mechón de sus cabellos; le dió a los sepultureros los pocos cuartos que le quedaban para que la llevasen con modo y no zarandeasen demasiado a la muerta por la pedregosa senda del cementerio; luego arregló el camastro y la casa, colocó sobre el vasar el último vaso de medicina, y fué a sentarse en el umbral de la puerta, mirando el cielo.
Un pardillo, el friolero pajarillo de noviembre, se puso a cantar entre la leña seca que coronaba la tapia frontera y la puerta, y saltando entre los espinos y el rastrojo, la miraba con maliciosos ojillos, cual si quisiera decirle algo. Nedda pensó que su madre le había oído cantar el día antes. En el huerto de al lado había unas aceitunas por el suelo, y las urracas iban a picotearlas; ella las había espantado a pedradas para que la moribunda no oyese su fúnebre graznido; ahora las miró impasible, y no se movió, y cuando por el camino próximo pasaron los vendedores de altramuces, el vinatero o las carreteros, hablando a gritos para sobrepujar el ruido de los carros y de las sonajas de las mulas, se decía: "Ese es Fulano; aquél es Mengano." Al sonar el Avemaría y encenderse la primera estrella de la tarde, recordó que ya no tenía que ir a Punta por la medicina; y a medida que los ruidos fueran perdiéndose en el camino y cayendo las tinieblas sobre el huerto, pensó que ya no tenía necesidad de encender la luz.
El tío Juan se la encontró de pie, ante la puerta. Se había levantado al oír pasos por la senda, porque ya no esperaba a nadie.
— ¿Qué haces aquí! — le preguntó el tío Juan.
Ella se encogió de hombros y no contestó.
El viejo se sentó a su lado, en el umbral, y no dijo más.
— Tío Juan — dijo la muchacha, luego de largo silencio —; ahora ya no tengo a nadie y puedo ir lejos a buscar trabajo; me iré a la Roccella, donde aun dura la recolección de la aceituna, y a la vuelta le devolveré los dineros que nos prestó.