— ¡Yo no he venido a pedirte tus dineros! — le respondió, ofendido, el tío Juan.
La muchacha no habló más, y entrambos se quedaron callados, oyendo cantar al buho. Nedda pensó que tal vez era el de dos noches antes, y sintió que se le apretaba el corazón.
— ¿Tienes trabajo? — preguntó al cabo el tío Juan.
— No; pero ya encontraré algún alma caritativa que me lo dé.
— He oído decir que en Aci Catena pagan a las mujeres, por empaquetar la naranja, a razón de una lira diaria, sin sopa, y he pensado en seguida en ti; ya has hecho ese oficio en mayo pasado y debes estar práctica en ello. ¿Quieres ir?
— ¡Ojalá!
— Sería menester que mañana, con el alba, estuvieras en el jardín del Mirlo, en la revuelta del atajo que va a Santa Ana.
— Puedo marchar esta noche. Mi pobre madre no ha querido costarme muchos días de descanso.
— ¿Sabes el camino?
— Sí; ya preguntaré.