— Pregúntale al mesonero de la carretera de Valverde, pasado el castañar, a la izquierda del camino. Pregunta por el señor Vinivannu, y dile que vas de mi parte.

— Así lo haré — dijo la pobre muchacha.

— He pensado que no tendrías pan para la semana — dijo el tío Juan, sacando un pan moreno del fondo de su bolsillo y dejándolo sobre el velador.

Nedda se ruborizó, como si fuese ella la que hacía tan buena acción. Luego de un instante continuó:

— Si el señor cura dijese mañana la misa por mi madre, yo le haría dos días de trabajo cuando coja las habas.

— Ya he mandado decir la misa — respondió el tío Juan.

— ¡Ay, la pobre muerta rogará también por usted! — murmuró la muchacha con gruesos lagrimones en los ojos.

Al cabo, cuando el tío Juan se marchó y oyó perderse a lo lejos el rumor de sus pesados pasos, cerró la puerta y encendió la luz. Entonces le pareció que estaba sola en el mundo, y tuvo miedo de dormir en aquel pobre camastro en que solía acostarse junto a su madre.

Las mozas del pueblo murmuraron de ella por haber ido a trabajar al día siguiente de la muerte de su vieja y por no haberse puesto de negro; el señor cura la regañó mucho cuando el domingo la vió a la puerta de su casa cosiéndose el delantal que había mandado teñir, único y pobre luto, y tomó argumento de ello para predicar en la iglesia contra la mala costumbre de no observar las fiestas y los domingos. La pobre muchacha, para que le fuese perdonado tan gran pecado, fué a trabajar dos días a las tierras del cura, a fin de que dijese la misa por su muerta el primer lunes del mes; y los domingos, cuando las mozas vestidas de fiesta se apartaban de ella en el banco y se reían, y los mozos, al salir de la iglesia, le decían groseros piropos, se arrebujaba en su mantilla todo rota y apresuraba el paso, bajando los ojos, sin que un mal pensamiento turbase la serenidad de su rezo, o se decía a sí misma, a modo de merecido reproche: "¡Soy tan pobre!"; o también, mirándose los brazos: "¡Bendito sea el Señor que me los ha dado!", y seguía andando tan sonriente.

Una noche — había apagado poco hacía la luz —, oyó en el sendero una voz que cantaba hasta desgañitarse, con la melancólica cadencia oriental de las canciones campesinas: