Jeli no tenía semejantes melancolías; estábase sentado en un ribazo, hinchados los carrillos, dado a tocar y más tocar — ¡iuh, iuh, iuh! —. Luego reunía la piara a fuerza de gritos y pedradas y la empujaba a la cuadra, más allá del Cerro de La Cruz.
Subía anhelante la cuesta del otro lado del valle, y gritábale a veces a su amigo Alfonso:
"¡Llama al perro; ¡eh!, llama al perro!" O también: "Tírale una piedra al zaino, que está antojado y va parándose a cada paso en las matas del valle." O: "Mañana llévame una aguja gruesa, de las de la "señá" Liá."
Sabía hacer toda clase de labores de aguja, y llevaba consigo un lío de trapos para remendarse los calzones y las mangas del jubón; sabía tejer asimismo trencillas de crin de caballo, y él mismo se lavaba también con creta del valle el pañuelo que se ponía al cuello cuando tenía frío. En suma: con tal de tener su zurrón, no tenía necesidad de nadie en el mundo, aunque estuviera en los bosques de Resendone o perdido en lo último de la llanada de Caltagirono. La "señá" Lía solía decir:
— Ahí tenéis a Jeli el pastor; como ha estado siempre sólo por el campo, cual si le hubieran parido sus yeguas, sabe manejárselas.
Por lo demás, es muy verdad que Jeli no tenía necesidad de nadie; pero todos los de la hacienda habrían hecho de buen grado cualquier cosa por él, porque era un chico servicial y siempre había que ir a pedirle algo. La "señá" Lía le cocía el pan por amor del prójimo, y él se lo pagaba con preciosos castillos de mimbre para los huevos, mesas de caña y otras cosillas.
— Hagamos lo que sus animales — decía la "señá" Lía —, que se rascen el pescuezo por turno.
En Tebidi todos le conocían desde pequeño, cuando aun no se le veía entre las colas de los caballos, según pastaban en el llano del literero, y a sus ojos puede decirse que había crecido, aunque nadie le viese nunca, andando, como andaba, de una parte a otra con su ganado. "Había caído del cielo, y la tierra lo había recogido", que dice el proverbio, como los que no tienen casa ni padres. Su madre estaba sirviendo en Vizzini, y no le veía más que una vez al año, cuando iba él con los potros a la feria de San Juan, y el día que se murió fueron a llamarlo, tal que un sábado, por la noche, y el lunes ya había vuelto Jeli a la piara; de suerte que no perdió ni un día; pero volvió tan desolado el pobre chico, que los potros se le escapaban a veces por los sembrados.
— ¡Eh, Jeli! — gritábale entonces el señor Agripino desde la era —. ¿Es que quieres probar el vergajo de las fiestas, hijo de perra?
Jeli se echaba a correr tras los potros desmandados y los llevaba poco a poco hacia el monte. Pero ante los ojos tenía siempre a su madre, con la cabeza envuelta en aquel pañuelo blanco, sin hablar ya.