Y pensando que aquéllos al menos ya no habían menester nada, se puso a chupar uno por uno, por pasar el tiempo, los caracoles que ya no servían.
Apretando contra tu pecho el manguito de zorro azul, te acordarás con gusto de haberle dado cien liras al pobre viejo.
Quedan los chiquillos que te escoltaban como chacales y asediaban las naranjas; siguen revoloteando en torno a la mendiga, levantándole las sayas, como si tuviese pan escondido, atrapando tronchos de coliflor, cáscaras de naranja y puntas de cigarro, todo lo que se tira, en fin, pero que aun debe tener algún valor, puesto que hay gente que de ello vive; vive tan bien, que aquellos desharrapadillos, gordos y hambrientos, crecerán entre el barro y el polvo de los caminos, y, fuertes y robustos como su padre y su abuelo, poblarán Aci-Trezza de otros tantos pilluelos; pasarán la vida alegremente, echando las muelas todo el tiempo que pueden, como el abuelo, sin desear más, rogando a Dios tan sólo que les permita cerrar los ojos donde los abrieron, en manos del médico del pueblo, que llega todos los días en su borriquillo, como Jesús, para ayudar a la buena gente que se va.
— ¡El ideal de la ostra! — dirás tú —. ¡El ideal de la ostra precisamente, y no tenemos más motivo para encontrarlo ridículo que el no haber nacido ostras a nuestra vez.
Por lo demás, el tenaz aferramiento de esa pobre gente al peñasco en que la fortuna los ha dejado caer, mientras sembraba príncipes aquí y duquesas allá, esa valiente resignación a una vida trabajosa, esa religión de la familia, que se refleja en el oficio, en la casa, en las piedras que las circundan, me parecen — al menos en este cuarto de hora — cosas muy serias y respetables.
Me parece que las inquietudes del pensamiento vagabundo se adormecerían dulcemente en la serena paz de aquellos sentimientos suaves y simples, que se sucedan inalterados, en calma, de generación en generación. Me parece que podría verte pasar al trote de tus caballos, con el alegre tintineo de sus cascabeles, y saludarte tan tranquilo.
Acaso porque he intentado ser demasiado en el torbellino que te rodea y te sigue, me ha parecido ahora leer una necesidad fatal en las tenaces afecciones de los débiles, en el instinto que tienen los pequeños de estrecharse unos con otros para resistir a las tempestades de la vida, y he intentado descifrar el drama modesto e ignorado que ha destrozado a los plebeyos actores que juntos conocimos. Un drama que tal vez algún día te contaré, y cuyo nudo me parece que ha de consistir en esto: que cuando uno de aquellos seres, más débil, más incauto, o más egoísta que los otros, quiso separarse de los suyos por deseo de lo ignorado, o por curiosidad de conocer el mundo, pez voraz se lo tragó, y con él a los suyos. Verás que bajo ese aspecto no le falta interés al drama. Para las ostras, el argumento más interesante debe ser el que trata de las insidias del cámbaro, o del cuchillo del buzo que las arranca de la roca.
JELI EL PASTOR
Jeli, el guardián de caballos, tenía trece años cuando conoció a don Alfonso, el señorito; pero era tan pequeño, que no alcanzaba a la panza de la "Blanca", la vieja yegua que llevaba la esquila de la piara. Veíasele siempre de aquí para allá, por montes y llanos, donde pastaba su ganado, derecho e inmóvil sobre algún teso o sentado en una piedra. Su amigo don Alfonso, cuando estaba de veraneo, iba a buscarle todos los días de Dios a Tebidi, y partían los buenos bocados del amito, el pan de maíz del pastorcito y la fruta robada al vecino. Al principio, Jeli trataba de "excelencia" al señorito, como es uso en Sicilia; pero luego que se hubieron zurrado de lo lindo, su amistad se estableció sólidamente. Jeli enseñaba a su amigo a trepar hasta los nidos de pegas, en las copas de los nogales, más altas que el campanario de Licodia; a cazar un pájaro al vuelo de una pedrada o a montarse de un salto a pelo en las yeguas sin domar aún, agarrando por la crin a la primera que se ponía a tiro, sin asustarse de los relinchos de cólera de los potros salvajes ni de sus saltos desesperados. ¡Ah, qué escapatorias por los campos segados, con las crines al viento! ¡Los buenos días de abril, cuando el aire encrespaba en ondas la hierba verde, y las yeguas relinchaban en los pastizales! ¡Los claros mediodías estivales, en que el campo blancuzco callaba bajo el cielo fosco, y los saltamontes brincaban entre los surcos, como si los rastrojos se incendiasen! El limpio cielo de invierno, a través de las desnudas ramas de los almendros, que se estremecían al soplo del cierzo, y el sendero que resonaba helado bajo los cascos de los caballos, y las alondras que cantaban en lo alto buscando el calor y el azul. Las hermosas noches de verano, en que subían poco a poco, como la niebla, el buen olor del heno, en que se hundían los codos; el melancólico zumbido de los insectos nocturnos, y aquellas dos notas de la flauta de caña de Jeli, las mismas siempre — ¡iuh, iuh, iuh! —, que hacían pensar en las cosas lejanas, en la fiesta de San Juan, en la Nochebuena, en el alba de la jira campestre, en todos los acontecimientos ya pasados, que a lo lejos parecen tristes y hacen mirar a lo alto, húmedos los ojos, como si todas las estrellas que van encendiéndose en el cielo lloviesen en el corazón y le inundasen.