No te enfades por haberme acordado de ti de tal suerte y con tal motivo. A más de los gratos recuerdos que me dejaste, tengo otros cien, vagos, confusos, dispares, recogidos aquí y allá, no sé dónde — acaso algunos son recuerdos de sueños tenidos con los ojos abiertos —, y en el revoltiño que hacían en mi memoria, al pasar yo por aquella calleja donde han transcurrido tantas cosas placenteras y dolorosas, la mantilla de aquella mujeruca temblorosa, acurrucada, ponía una nota triste y me hacía pensar en ti, en todo satisfecha, incluso de la adulación que ofrece a tus pies el periódico de modas, citándote, frecuentemente a la cabeza de la crónica elegante, y en el deseo de ver tu nombre en las páginas de un libro.
Cuando escriba el libro, acaso tú ya no pienses en ello; entre tanto, mi recuerdo, en todos sentidos tan lejos de ti, embriagado de fiestas y flores, te hará el efecto de una brisa deliciosa en medio de las ardientes veladas de tu eterno carnaval. El día que vuelvas allí, si es que vuelves, y nos sentemos otra vez el uno junto al otro a rodar pedruscos con el pie y fantasías con el pensamiento, hablaremos tal vez de las embriagueces que la vida ofrece en otras partes. Puedes también imaginar que mi pensamiento se ha acogido a aquel ignorado rincón del mundo porque en él se ha posado tu pie — por apartar mis ojos del brillo que por doquier te sigue, sea de gemas o de fiebre —, o porque te he buscado inútilmente por todos los lugares que la moda hace placenteros. Ve, pues, que aquí, como en el teatro, ¡siempre estás en el mejor sitio!
¿Te acuerdas del viejecillo timonel de nuestra barca? Le debes ese tributo de agradecimiento porque ha evitado diez veces lo menos que se te mojaran tus lindas medias azules. El pobre diablo ha muerto en el hospital, en un gran sala blanca, entre blancas sábanas, comiendo pan blanco, servido por las blancas manos de las hermanas de la Caridad, que no tenían más defecto que el de no comprender los míseros males que el pobrecillo balbucía en su semibárbaro dialecto.
Pero, de haber deseado algo, él habría querido morir en aquel rincón obscuro, junto al fuego, donde tantos años había sido su cama, "bajo las tejas", tanto que, cuando se lo llevaron, lloraba quejándose mansamente, como hacen los viejos.
Había vivido siempre entre aquellas cuatro piedras, frente a aquel mar hermoso y traidor, con el que tuvo que luchar día tras día, para sacar con que pasar la vida y no dejar en él el pellejo; y, con todo, en los momentos en que tomaba el sol tranquilamente, acurrucado en la barca, con las rodillas entre los brazos, no habría vuelto la cara para mirarte, y habrías buscado en vano en aquellos ojos atónitos el reflejo de tu belleza, como cuando tantas frentes altivas se inclinan a tu paso en los espléndidos salones y te miras en los ojos envidiosos de tus mejores amigas.
La vida es rica, como ves, en su inexhausta variedad, y puedes, por lo tanto, sin escrúpulos, gozar a tu manera de la parte de riqueza que te ha correspondido.
Aquella muchacha, por ejemplo, que asomaba la cabeza tras el tiesto de albahaca, cuando el rumor de tu vestido revolucionaba la calleja, si veía en la ventana de enfrente otro rostro para ella conocidísimo, sonreía, como si también ella estuviera vestida de seda. ¡Quién sabe cuán pobres glorias soñaba apoyada en la barandilla, tras la albahaca olorosa, fija la vista en aquella otra casa enguirnaldada con sarmientos de vid! La risa de sus ojos no habría acabado en lágrimas amargas, allá en la ciudad, lejos de las piedras que la habían visto nacer, y que la conocían, si su abuelo no se hubiese muerto en el hospital, si su padre no se hubiese ahogado, ni toda su familia se hubiera dispersado a un golpe de viento funesto, arrastrando a uno de sus hermanos hasta la cárcel de Pantelleria.
Mejor suerte les cupo a los que se murieron en la batalla de Lissa el uno, el mayor, aquel que parecía un David de cobre, erguido, guadaña en mano, e iluminado bruscamente por la llama de la yedra. Alto y robusto, encendíase en brasas cuando le miraste a la cara con tus ojos ardientes; murió como buen marinero, sobre la verga del trinquete, firme en la cuerda, agitando la gorra y saludando por última vez a la bandera, con su viril y salvaje grito de isleño; el otro, aquel hombre que en el islote no se atrevía a tocarte el pie para librarlo del lazo tendido a los conejos, y en el que te habías prendido de aturdida que eres, se perdió una fosca noche de invierno, solo, entre las olas desencadenadas separada su barca de la playa, donde le esperaban los suyos corriendo como locos de un lado a otro, en sesenta millas de tinieblas y tempestad. Tú no habrías podido imaginarte el desesperado y tétrico valor de que era capaz para luchar contra muerte tal el hombre que se atemorizaba ante la obra maestra de tu zapatero.
Mejor para los que se han muerto y no "comen el pan del rey", como el pobrecillo que está en la cárcel, ni ese otro pan que come su hermana; ni andar como la mujer de las naranjas, viviendo de la gracia de Dios, una gracia harto exigua en Aci-Trezza.
¡Esos, al menos, no han ya menester nada! Así lo dijo también el chico de la tabernera la última vez que fué al hospital a preguntar por el viejo y llevarle a hurtadillas esos caracoles estofados, que son tan buenos de chupar para quien ya no tiene dientes, y halló la cama vacía, con la colcha extendida y muy limpia, hasta que husmeando por el patio dió con una puerta toda llena de pedazos de papel, y atisbó por el ojo de la cerradura una sala muy grande y sonora, y fría en verano, y el extremo de una mesa de mármol, sobre la cual había una sábana densa y rígida.