CAPRICHO
(Fantasticheria.)
Una vez, al pasar el tren por Aci-Trezza dijiste, asomándote a la ventanilla del vagón: "¡Quisiera que estuviésemos un mes aquí!"
Volvimos, y pasamos no un mes sino cuarenta y ocho horas. Los campesinos, que tanto abrían los ojos al ver tus grandes baúles, creían que ibas a quedarte allí dos años. A la mañana del tercer día, cansada de ver eternamente aquel verde y aquel azul, y de contar los carros que pasaban por el camino, estabas en la estación, y jugueteando impaciente con la cedenilla de tu frasco de olor, alargabas el cuello por divisar un tren que no llegaba nunca. En aquellas cuarenta y ocho horas hicimos todo lo que se puede hacer en Aci-Trezza: paseamos por el polvo de la carretera y trepamos a las rocas; con el pretexto de aprender a remar, te hiciste bajo el guante unas ampollitas que robaban los besos; pasamos en el mar una noche lo más romántica, echando las redes como para hacer algo que a los barqueros les pudiera parecer merecedor de pescar una reuma, y el alba nos sorprendió en lo alto del acantilado, un alba modesta y pálida, que aun me parece estar viendo, estriada de amplios reflejos violeta, sobre un mar verde profundo, como una caricia sobre aquel grupito de casuchas que dormían acurrucadas a la orilla, mientras en lo alto del promontorio destacábase tu figulina en el cielo transparente y límpido, con las sabias líneas, obra de tu modista, y el perfil elegante y fino, obra tuya. Llevabas un vestidito gris que parecía hecho aposta para entonar con los colores del alba. ¡Lindo cuadro en verdad! Y bien se adivinaba que tú lo sabías, según la manera de modelar a tu cuerpo el chal y el modo con que sonreías con tus ojazos muy abiertos y cansados ante el extraño espectáculo, al que se añadía lo extraño también de estar tú presente. ¿Qué pasaba entonces por tu cabecita frente al naciente sol? ¿Le preguntaste acaso en qué hemisferio te encontraría de allí a un mes? Dijiste tan sólo ingenuamente: "No comprendo cómo se puede vivir aquí todo la vida."
Y, sin embargo, ya ves: la cosa es más fácil de lo que parece. Basta, primero, con no poseer 100.000 liras de renta y en compensación, pasar toda clase de trabajo entre aquellos peñascos gigantescos encuadrados en el azul que te hacían palmotear de admiración. Con eso poco basta para que aquellos pobres diablos que nos esperaban dormitando en la barca encuentran entre aquellas casuchas desquiciadas y pintorescas, que vistas de lejos parecían a su vez mareadas, todo lo que te afanas en buscar en París, en Niza y en Nápoles.
Es cosa singular; mas tal vez mejor que así suceda para ti y para todos los que son como tú. Aquel montón de casuchas está habitado por pescadores, "gente de mar" dicen ellos, como otros dirían "gente de toga", que tienen el pellejo más duro que el pan que comen — cuando lo comen —; pues el mar no es siempre tan amable como cuando besaba tus guantes... En los días negros, en que rezonga y bufa, es menester contentarse con mirarlo desde la orilla, mano sobre mano o tumbado a la larga, que es mucho mejor postura para el que no ha almorzado. En esos días hay mucha gente a la puerta de la taberna; pero suenan pocos cuartos sobre la hojalata del mostrador, y los chiquillos que pululan por el pueblo, como si la miseria los engordara, chillan y se arañan cual si tuvieran el diablo en el cuerpo.
De cuando en cuando, el tifus, el cólera, el mal año o la borrasca dan un buen barrido en aquel rebullicio, que, a la verdad, parece que no debiera desear cosa mejor que ser barrido y desaparecer; y con todo, vuelve a rebullir en el mismo sitio, no sé decirte cómo ni por qué.
¿No te has entretenido nunca, después de una lluvia de otoño, en desbaratar un ejército de hormigas, trazando al descuido el nombre de tu última pareja en un baile, en la arena del paseo? Alguna de aquellas pobres bestiezuelas se habrá quedado pegada a la contera de tu paraguas, retorciéndose en espasmos; pero todas las demás, luego de cinco minutos de pánico y de vaivén, habrán vuelto a aferrarse desesperadamente a su tostado montecillo. Tú no volverías, ni yo tampoco; mas para poder comprender semejante terquedad, heroica en algunos aspectos, es menester hacernos pequeños también nosotros, limitar todo el horizonte entre dos peñascos y mirar al microscopio las pequeñas causas por que laten los corazones pequeños. ¿Quieres mirar por esta lente, tú que miras la vida por el otro lado del anteojo? El espectáculo te parecerá extraño, y tal vez por eso te divierta.
Hemos sido muy amigos, ¿te acuerdas? Y me has pedido que te dedique esta página. ¿Para qué? A quoi bon?, como tú dices. ¡Qué puede valer lo que yo escribo para quien te conoce? Y para quien no te conoce, ¿qué significas? El caso es que me he acordado de tu capricho un día que he vuelto a ver a aquella pobre mujer a quien solías dar limosna con pretexto de comprarle las naranjas que tenía puestas en fila en un banquillo ante su puerta. Ya no existe el banquillo; han cortado el níspero del corral, y la casa tiene una ventana nueva. Unicamente la mujer no había cambiado, estaba un poco más allá tendiendo la mano a los carreteros, acurrucada sobre el montón de piedras que cierren el paso al antiguo "Puesto" de la guardia nacional; y yo, según iba con mi cigarro en la boca, pensé que también ella, en su pobreza, te había visto pasar blanca y magnífica.