Y no se movía. Cuando el cabo se marchó, ella le acompañó hasta la carretera, y le vió alejarse, sin una lágrima, aunque le parecía que le veía irse para siempre; el corazón se le encogió nuevamente, como una esponja no exprimida bastante; nada más; él la llamó despidiéndose desde la revuelta del camino.
Tres días después oyó un gran murmullo por aquel mismo lado. Se asomó a la tapia y vió, en medio de un corro de campesinos y comadres, a Janu tendido sobre una escalera de mano, pálido como un trapo lavado, vendada la cabeza con un pañuelo todo lleno de sangre. Por la vía dolorosa, antes de llegar a su casa, él teniéndola por la mano, le contó cómo, con la debilidad de las fiebres, se había caído desde lo alto de un árbol, hiriéndose de aquel modo.
— ¡Te lo decía el corazón! — murmuró con triste sonrisa.
Ella le escuchaba con sus grandes ojos muy abiertos, pálida como él, y cogida de su mano. Al día siguiente se murió.
Entonces Nedda, sintiendo que se movía en su seno algo que el muerto le dejaba en triste recuerdo, corrió a la iglesia a rogar por él a la Virgen Santa. En el atrio se encontró al cura, que sabía su vergüenza, escondió el rostro en la mantilla y se volvió atrás, acobardada.
Ahora, cuando buscaba trabajo se le reían en la cara, no por escarnecer a la doncella culpable, sino porque la pobre madre no podía trabajar como antes. Luego de las primeras negativas y de las primeras risas, no osó buscar más, y se encerró en su casa, como herido pajarillo que se refugia en su nido. Los pocos cuartos reunidos en la media fuéronse uno tras otro, y después de los cuartos, el vestido nuevo y el pañuelo de seda. El tío Juan las socorría lo poco que podía, con esa caridad indulgente y reparadora, sin la cual la moral del cura es injusta y estéril, y así impidió que se muriera de hambre. La muchacha dió a luz una niña raquítica y débil; cuando le dijeron que no era varón, lloró como había llorado la noche en que se cerró la puerta de su casa, luego de haber salido el féretro, y se encontró sin su madre; pero no quiso que la echasen al torno.
— ¡Pobre hija! ¡Que empiece a sufrir lo más tarde posible! — dijo.
Las comadres la llamaban desvergonzada porque no había sido hipócrita, porque no era desnaturalizada. La pobre niña le faltaba la leche, pues que a su madre le faltaba el pan. Se desnutrió rápidamente, y en vano Nedda intentó exprimir en aquellos diminutos labios hambrientos la sangre de su seno. Una noche de invierno, al anochecer, en tanto la nieve caía sobre el tejado, y el viento golpeaba la puerta mal cerrada, la pobre niña, fría, lívida, contraídas las manecitas, fijó sus ojos vidriados en los ardientes de la madre, dió una sacudida y no se movió más.
Nedda la zarandeó, la apretó contra su seno con ímpetu salvaje, intentó calentarla con su aliento y sus besos y cuando se convenció de que estaba muerta, la dejó sobre la cama en que había dormido su madre, y se arrodilló ante ella, secos y extraviados los ojos, fuera de las órbitas.
— ¡Dichosas vosotras que estáis muertas! — exclamó —. ¡Bendita seas, Virgen Santa, que me has quitado a mi hija para que no sufra como yo!