— ¿Qué tienes? — le dijo.
— He estado malo. Me han vuelto a dar las fiebres allá abajo, en esa maldita Plana; he perdido más de una semana de trabajo y me he comido los pocos cuartos que había reunido.
Ella entróse a toda prisa, descosió el jergón y quiso darle los pequeños ahorros que había atado en el fondo de una media.
— No — dijo él —. Mañana iré a Mascalucia, a la poda de los olivos, y no necesitaré ya nada. Después del la poda nos casaremos.
Hízole esta promesa tristemente, apoyado en el quicio de la puerta, con el pañuelo alrededor de la cabeza y mirándola con ojos relucientes.
— ¡Tú tienes fiebre! — le dijo Nedda.
— Sí, pero ahora que estoy aquí ya, se me quitará; de todos modos, no me da más que cada tres días.
Ella le miraba sin hablar, y el corazón se le encogía al verle tan pálido y enflaquecido.
— ¿Y podrás tenerte en las ramas altas? — le preguntó.
— ¡Dios proveerá! — respondió Janu —. Adiós, no puedo hacer esperar al carretero que me ha hecho un lugar en su carro desde la Plana hasta aquí. ¡Hasta la vista!