Nedda bajó la cabeza.
— ¿Quieres ser mi mujer?
Ella le miró serenamente y estrechó entre las suyas, morenas, las callosas manos de él; pero se puso de rodillas, que le temblaban para levantarse. El la detuvo por el vestido, como extraviado, balbuciendo palabras sin sentido, sin saber lo que se hacía.
Cuando se oyó cantar al gallo en una haciendo próxima, Nedda se levantó sobresaltada y miró en derredor suyo, espantada.
— ¡Vámonos! ¡Vámonos! — dijo toda colorada y con prisa.
Según estaba para volver la esquina de su casita, se detuvo un momento temblorosa, como si temiera encontrar a su viejecica a la puerta, desierta seis meses hacía.
Llegó la Pascua, la gaya fiesta de los campos con sus gigantescas hogueras, sus alegres procesiones por entre los verdes prados, bajo los árboles cargados de flores, vestida de gala la iglesia, enguirnaldadas las puertas de las casas y las mozas con sus trajes nuevos de verano. A Nedda viósele alejarse del confesionario llorando, y no compareció entre las muchachas arrodilladas ante el coro en espera de comunión. Desde aquel día ninguna moza honrada le dirigió la palabra, y cuando iba a misa no encontraba sitio en el banco de siempre, y le era menester estarse todo el tiempo de rodillas; si la veían llorar, pensaban quién sabe en qué pecados, y le volvían horrorizadas la espalda, y los que le daban trabajo aprovechábanse de ello para rebajarle el jornal.
Nedda esperaba a su novio, que había ido a segar a la Plana para reunir los cuartos necesarios para poner la casa y pagar al señor cura.
Una noche, según estaba hilando, oyó que se paraba al cabo del sendero un carro de bueyes, y vió aparecer antes su ojos a Janu, pálido y demudado
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