Ella le dió un puñetazo en el hombro y se echó a reír también.

Oyóse de lejos el rebuzno de un asno que olía la hierba fresca.

— ¿Sabes por qué rebuznan los burros? — preguntó Janu.

— Dilo tú que lo sabes.

— Sí que lo sé; rebuznan porque están enamorados — díjole él con risa grosera; y la miró fijamente.

La muchacha bajó los ojos, como si viese llamas en ellos, y le pareció como si todo el vino que había bebido se le subiese a la cabeza, y todo el ardor de aquel cielo de metal le penetrase en las venas.

— ¡Vámonos! — exclamó entristecida, moviendo la cabeza, que le pesaba.

— ¿Qué tienes?

— No lo sé, pero vámonos.

— ¿Me quieres?