— Si fuésemos marido y mujer, podríamos comer y beber juntos todos los días — dijo Janu con la boca llena.

Nedda bajó los ojos, porque él la miraba de cierta manera.

Reinaba el profundo silencio del mediodía; las más pequeñas hojas estaban inmóviles; las sombras eran escasas; difundido en el aire, había una calma, un sopor, un zumbido de insectos que pesaba voluptuosamente sobre los párpados. De pronto, una ráfaga de aire fresco que venía del mar hizo susurrar las más altas copas de los castaños.

— El año será bueno para pobres y ricos — dijo Janu —, y si Dios quiere, para la siega apartaré... ¡y si tú me quieres!... — y le ofreció la botella.

— No, no quiero beber más — dijo ella, rojas las mejillas.

— ¿Por qué te pones colorada? — dijo él riéndose.

— No te lo quiero decir.

— ¿Porque has bebido?

— ¡No!

— ¿Porque me quieres?