Nedda, que había oído detrás de la tapia, se puso colorada, aunque nadie la veía.

Al día siguiente, antes de amanecer, cuando se asomó a la puerta para salir, se encontró a Janu con su hatillo colgado del bastón.

— ¿Adónde vas? — le preguntó.

— También voy a Bongiardo a buscar trabajo.

Los pajarillos, despiertos a las voces matutinas, comenzaron a piar dentro del nido. Janu colgó de su bastón asimismo el hatillo de Nedda, y echaron a andar con paso ligero, mientras el cielo se teñía en el horizonte con las primeras llamas del día y el vientecillo se agudizaba.

En Bongiardo había trabajo para todo el que lo quisiera. El precio del vino había subido, y un rico propietario roturaba un gran trecho de cercados para plantar viñedos. Los cercados daban 1.200 liras al año de altramuces y aceite; plantados de viñedo, darían en cinco años doce o trece mil liras, con sólo emplear diez o doce mil; la corta de los olivos cubriría la mitad de los gastos. Era, como se ve, una especulación excelente, y el propietario pagaba de buen grado un gran jornal a los trabajadores empleados en la roturación: treinta cuartos a los hombres y veinte a las mujeres, sin sopa; cierto que el trabajo era un tanto cansado y que se dejaban en él incluso los harapos que constituían todo el traje de los días de trabajo; pero Nedda no estaba acostumbraba a ganar veinte cuartos diarios.

El mayoral se percató de que Janu, al llenar las esportillas de piedra, dejaba siempre las más ligera para Nedda, y le amenazó con echarle. El pobre diablo, para no perder el pan, tuvo que contentarse con descender de treinta a veinte cuartos.

Lo malo era que aquellas tierras casi incultas no tenía gañanía, y hombres y mujeres tenían que dormir todos revueltos en una cabaña sin puertas, de suerte que las noches eran más bien frías. Janu decía siempre que tenía calor, y dábale a Nedda su chaqueta de fustán, para que se tapase bien. El domingo, toda la brigada se puso en camino en distintas direcciones.

Janu y Nedda habían tomado por el atajo e iban atravesando el castañar, charlando, riendo, cantando a ratos y haciendo sonar los cuartos en los bolsillos. Calentaba el sol como en junio; los lejanos prados empezaban a amarillear; las sombras de los árboles tenían algo de festivo, y la hierba que allí crecía estaba aún verde y fresca.

Hacia mediodía sentáronse en la hierba, para comer su pan moreno y sus blancas cebollas. Janu tenía también vino, buen vino de Mascalí, que ofrecía a Nedda con largueza, y la pobre muchacha, que no estaba hecha a ello, sentía la lengua áspera y que le pesaba la cabeza. De trecho en trecho se miraban y se reían sin saber por qué.