— ¡Donde vayas tú mañana!
— Iré a Bongiardo.
— Trabajo encontraré; lo que hace falta es que no me vuelvan las fiebres.
— Para eso es menester no estarse al sereno por las noches, cantando al pie de las puertas — díjole ella muy colorada, apoyándose en el quicio con cierta coquetería.
— Si tú no quieres, no lo haré más.
Ella le dió un capirotazo y escapó adentro.
— ¡Ohé, Janu! — llamó desde la calzada el tío Juan.
— ¡Voy! — gritó Janu; y a la Nedda —: Si me llevas contigo, también iré yo a Bongiardo.
— Hijo mío — le dijo el tío Juan cuando estuvo en la calzada — la Nedda no tiene ya a nadie, y tú eres un buen muchacho; pero no está bien que vayáis juntos. ¿Entiendes?
— Entiendo, tío Juan; pero, si Dios quiere, después de la siega, cuando haya apartado los pocos cuartos que hacen falta, no estará mal que vayamos juntos.