El se apartó con galantería un tanto rústica.

— ¿Cuánto te ha costado el pañuelo? — preguntó Nedda quitándoselo de la cabeza, para extenderlo al sol y contemplarlo gozosa.

— Cinco liras — respondió Janu un poco amoscado.

Ella sonrió sin mirarle; dobló con mucho cuidado el pañuelo, fijándose en la señal que habían dejado los pliegues, y se puso a canturrear una cancioncilla que no se le venía a la boca de mucho tiempo atrás.

El puchero roto sobre la barandilla abundaba en capullos de claveles.

— ¡Qué lástima — dijo Nedda — que no los haya abiertos! — y cortando el capullo más hermoso, se lo dió.

— ¿Qué quieres que haga con él, si no está abierto? — dijo él sin comprenderla, y lo tiró.

Ella volvió la cara.

— Y ahora, ¿dónde vas a ir a trabajar? — le preguntó luego de un momento.

El levantó la cabeza: