— Esta noche he conocido tu voz — dijo Nedda poniéndose colorada y hurgando con una horquilla la tierra del tiesto en que tenía sus flores.
El se volvió y encendió la pipa como hacen los hombres.
— ¡Adiós, me voy a misa! — dijo bruscamente Nedda, echándose atrás luego de largo silencio.
— Toma, te he traído esto de la ciudad — le dijo el mozo desatando su pañuelo de seda.
— ¡Ay, qué bonito! ¡Pero esto no es para mí!
— ¿Por qué? ¡Si no te cuesta nada! — respondió el mozo con lógica campesina.
Ella se puso colorada, como si tanto gasto le hubiera dado cabal idea de los cálidos sentimientos del mozo; se lanzó, sonriente, una mirada entre acariciadora y salvaje, y cuando oyó los recios zapatones de él sobre los guijarros del sendero, se asomó para acompañarle con los ojos, según iban andando.
En misa, las mozas del lugar pudieron ver el precioso pañuelo de Nedda, con aquellas rosas estampadas que daban ganas de comérselas, sobre las que el sol, brillando a través de los vidrios de la iglesia, reflejaba sus más alegres rayos. Cuando pasó junto a Janu, que estaba al lado, junto al primer ciprés del atrio, apoyado de espaldas al muro, fumando su pipa, sintió un gran calor en el rostro y que el corazón le latía en el pecho con violencia, y echó a andar ligera. El mozo la siguió, silbando, viéndola cómo andaba de prisa, sin volver la cabeza, con su traje nuevo de fustán que hacía pesados y elegantes pliegues, sus zapatos y su mantilla flamante. La pobre hormiga, ahora que su madre, ya en el cielo, no era una carga para ella, había logrado hacerse un poco de ropa con su trabajo. ¡Entre tantas miserias como tiene el pobre, hay al menos el alivio que traen consigo las pérdidas más dolorosas!
Nedda oía tras de sí, con grande placer o miedo — no sabía cuál de las dos cosas — los pesados pasos del mozo, y veía sobre el polvo blancuzco de la carretera, recta e inundada de sol, otra sombra que de cuando en cuando se apartaba de la suya. De pronto, cuando estuvo a la vista de su casucha, se dió a correr como una cervatilla asustada. Janu la alcanzó, ella se apoyó en el umbral, toda ruborizada y sonriente, y le puso la mano en el hombro.
— ¡Eh, tú!