— ¿Cómo, qué dices?

— El amo me ha echado.

— ¿Por qué?

— Porque había cogido las fiebres y no podía trabajar más que tres días por semana.

— ¡Ya se ve! ¡Pobre Janu!

— ¡Maldita Plana! — imprecó Juan, extendiendo el brazo hacia la llanura.

— ¿Sabes que mi madre?... — dijo Nedda.

— Me lo ha dicho el tío Juan.

Ella no dijo más, y miró al huertecillo del otro lado de la tapia. Humeaban los guijarros húmedos; las gotas de rocío relucían sobre cada brizna de hierba; los almendros en flor susurraban levemente, y dejaban caer sobre el tejadillo de la casa sus flores blancas y rosadas que embalsamaban el aire; un gorrión, petulante y temeroso a un tiempo, piaba estrepitosamente, amenazando a su manera a Janu, que con su rostro desconfiado parecía acechar el nido, del que asomaban entre las tejas algunas pajas indiscretas. La campana de la iglesia llamaba a misa.

— ¡Qué gusto que da oír "nuestra" campana! — exclamó Janu.